Columnas

Capitán de mi alma

"Simplemente les resulta inentendible que la libertad con responsabilidad no genera caos si no más bien un orden espontáneo hayekiano mucho más eficiente y justo"

Han pasado 101 días desde que el gobierno decidió “to go with the flow” mundial y decretar el actual estado de excepción para restringir nuestras libertades y así evitar que muramos infectados por el COVID-19, producto de nuestra rusticidad. Las falacias ‘ad popullum’ tienen intrínsecamente el efecto psicológico de seducir mentes poco rigurosas con el argumento tramposo de “si todo el mundo lo hace, pues está bien”. Un engaño que, como la droga, una vez que te atrapa es difícil librarte de él. Una vez reo, eres el hombre-masa de Ortega y Gasset o el hombre-mediocre de José Ingenieros; una simple y fría bazofia humana.

En ese entorno de sofismas, temores y morales dignas del Tartufo de Molière, la sumisión mental bipartita entre el Leviatán y el hombre-masa se ha consolidado. De manera cantinflesca, el recurso constitucional de estado de excepción se ha extendido por tercera vez. Y la masa y la Corte Constitucional bien gracias. Simplemente les resulta inentendible que la libertad con responsabilidad no genera caos si no más bien un orden espontáneo hayekiano mucho más eficiente y justo.

Siendo así de profunda la raigambre al paradigma por el gusto depravado a la igualdad de Tocqueville, resulta cansino seguir insistiendo con la necedad de liberarnos después de 14 columnas de opinión. Probablemente convenga más adaptarse que luchar contra la nueva realidad, pues como diría Charles Darwin: no son las especies más fuertes ni las más veloces las que sobreviven, sino las que mejor se adaptan al cambio.

Así como hacer retuit no necesariamente significa endoso, el jugar con las reglas que nos quieren imponer kikuyos iluminados no significa respeto, ni a ellas ni a ellos. Me rebelo a que gente que jamás ha administrado ni una carretilla de hot dogs, pretenda administrar mi existencia. No admito que la fatal arrogancia del Leviatán eche por la borda nuestro esfuerzo de toda una vida sin asumir la correspondiente responsabilidad. Y elijo una vida libre, absolutamente libre, aun a costa de los riesgos que aquello implica, pues encima mío solo está Dios, los valores que me enseñaron mis mayores y mi conciencia, ya que yo soy el amo de mi destino y el capitán de mi alma. Y si la vida tiene otros planes conmigo, pues bienvenidos sean; acá los esperaré junto a mis seres queridos, con una sonrisa en la cara y, ojalá, con una copa de vino en la mano.

Dicen que aun en los tiempos más recios y en las horas más oscuras no pasaba un día sin que el resiliente Nelson Mandela se inspirara en la sublime obra de William Ernest Henley, el poema Invictus, que a continuación les dejo:

“En la noche que me envuelve, negra como un pozo indescifrable, doy gracias al Dios que fuere por mi alma inconquistable. En las crueles garras de las circunstancias ni he gemido ni he llorado. Bajo los golpes del destino, mi cabeza está ensangrentada pero erguida. Más allá de este lugar de ira y llanto, acecha la oscuridad y su horror. Y sin embargo la amenaza de los años me encuentra y me encontrará sin temor. No importa cuán estrecha haya sido la puerta ni cuantos castigos haya llevado el camino. Soy el amo de mi destino. Soy el capitán de mi alma”.

¡Hasta la próxima!