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Iván Baquerizo | El cementerio de las promesas

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Cada promesa rota es un clavo más en el ataúd de la confianza ciudadana

Los romanos, maestros en condensar sabiduría en pocas palabras, repetían con solemnidad la máxima ‘fidem serva’; guarda tu palabra. No era solo un mandato moral; era una norma cívica. La palabra dada era el cimiento sobre el cual se construía la confianza, porque sin ella no hay convivencia civilizada ni política posible.

En los últimos tiempos, el país ha vivido gravísimos escándalos alrededor de la salud pública. Redes de corrupción, hospitales colapsados, pacientes sin medicinas. Y aunque la indignación suele ocupar titulares y hashtags, pocas veces se recuerda que la raíz de los problemas está en las promesas colectivistas convertidas en letra muerta.

El juramento hipocrático dispone procurar el bien del paciente y apartarse de la injusticia y la corrupción. Sin embargo, la política sanitaria del Ecuador hizo lo contrario. En un gesto irresponsable, se obligó al IESS a cubrir no solo al afiliado, sino también a su familia, incorporando de sopetón a dos millones de menores de edad sin aumentar ingresos. La aritmética da un resultado implacable: mayor gasto con mismo financiamiento = sistema quebrado. Una promesa más en nombre de la justicia social que termina convertida en lápida de la seguridad social ecuatoriana.

Ortega y Gasset advertía que “la historia es un cementerio de aristocracias”. El Ecuador no es ajeno a esa premonición; nuestra historia también es un cementerio de demagogia y de promesas incumplidas. Mientras que en la política nacional se especializan en fabricar ilusiones que pronto se desvanecen, en la memoria ciudadana se levanta el paisaje desolado del cementerio de las promesas.

Ese cementerio es sombrío. Cada promesa rota es un clavo más en el ataúd de la confianza ciudadana. Y sin confianza, como intuía Rousseau, no hay contrato social que resista. Un pacto que no se honra deja de ser contrato y se convierte en farsa. Tocqueville lo dijo con claridad: la democracia no se sostiene con coerción, sino con credibilidad. Cuando la palabra se devalúa, la política se degrada a un circo tragicómico denostable.

Lo mismo ocurre en otros frentes; subsidios que perpetúan dependencia, trámites kafkianos para los que osan producir o leyes quiméricas que nunca se aplican. El Leviatán suma cada día un nuevo mausoleo a este camposanto de ilusiones rotas.

El problema es estructural; en una nación donde se normaliza el incumplimiento, se erosiona profundamente la noción de futuro. Si la palabra no vale, así como la moneda inflada, se devalúan también los contratos, las leyes y las instituciones. De esa manera, el ciudadano aprende a no esperar nada, el político a no dar nada, y el país entero vaga como fantasma entre la desilusión y la apatía.

La salida no está en tratar de arreglar con flores ese cementerio, sino en rescatar el valor de la palabra empeñada. Tal vez la verdadera revolución política del Ecuador no consista en nuevos programas ni ideologías, sino en algo más sencillo y radical, ‘fidem serva’; que la palabra vuelva a tener valor. Porque mientras sigamos creyendo en la utopía colectivista, seguiremos regresando al mismo cementerio, con nuevas tumbas pero idéntico epitafio: “Aquí yace la ilusión y la esperanza”.

¡Hasta la próxima!