Los números de la creación

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Los números de la creación

Entender la arquitectura del universo no requiere recurrir a la magia o contar cuántos ángeles pueden danzar en la cabeza de un alfiler. Estamos equipados para aplicar la lógica y arribar a propuestas sencillas cuyo efecto final es el de mejor entender la extraordinaria tautología de la cual formamos parte’.

William de Ockham, fraile franciscano del siglo XIII, postuló que la respuesta más simple (esto es, la que demanda menos supuestos) es, generalmente, la correcta. En otras palabras, la “Navaja de Ockham” (una herramienta lógica) establece que, entre dos opciones equivalentes, es mejor escoger la más sencilla. El planteamiento de Ockham nos permite dilucidar una extraordinaria tautología: ¿por qué estamos aquí? Los números del universo, espesos para la comprensión, son al mismo tiempo claros y contundentes.

Martin Rees, británico (1942), profesor de la Universidad de Cambridge y eminente cosmólogo y astrofísico, argumenta en su libro titulado Solo seis números, que en la arquitectura del universo hay seis parámetros cuya precisión e inmutabilidad son los determinantes de la realidad. Para ello hace referencia a las cuatro fuerzas fundamentales del universo: el electromagnetismo (pensemos en sus aplicaciones en toda la tecnología que nos rodea), la fuerza nuclear débil (la radioactividad), la fuerza nuclear fuerte (que reviste a los núcleos de los átomos y, al ser descubierta, nos ha hecho vivir en la Era Nuclear), y la fuerza de la gravedad (la que percibimos cuando nos damos un tropezón).

¿Cuáles son los seis números? Existe, en primer lugar, un balance exacto de 1/-10³⁶ entre la fuerza nuclear fuerte y la fuerza de la gravedad. Si la fuerza de la gravedad fuera más fuerte, o la nuclear más tenue, el universo no podría haber sido. Segundo, el denominado parámetro de densidad (por omega) no puede ser diferente a la unidad, o no se hubiese producido la inflación cósmica y el universo hubiera sido nonato. Tercero, en la escala macro hay solamente tres dimensiones, y no dos o cuatro, para así mantener la relación inversa de atracción entre las masas y el cuadrado de la distancia; si hubiese cuatro dimensiones, la relación sería al cubo y el tránsito de los planetas alrededor de sus estrellas sería tan incierto que, si por cualquier motivo el planeta en cuestión se desacelerara iría a parar al centro de su estrella, y, si se acelerase, sería despedido al espacio sideral. Cuarto, la relación entre la energía de la masa inerte y la fuerza de gravedad (denominada “Q”) de 1:100,000 permite la condensación de los gases y la formación de las galaxias; sin galaxias no habría estrellas, ni planetas, ni nosotros. Quinto, la medida de eficiencia nuclear (por épsilon) tiene un valor de 0.007; si la tuviese menor no habría otro elemento que el hidrógeno, sin presencia de helio, carbono, hierro, oxígeno y la química compleja de la que estamos constituidos. Sexto, la constante cosmológica de Einstein (ë por lambda) es un número tan pequeño que su valor se aproxima a cero (un uno precedido de 120 ceros de decimales) pero se trata justamente de la fuerza que, a manera de viada, impulsa al universo y determina, con certeza, el futuro.

Entender la arquitectura del universo no requiere recurrir a la magia o contar cuántos ángeles pueden danzar en la cabeza de un alfiler. Estamos equipados para aplicar la lógica y arribar a propuestas sencillas cuyo efecto final es el de mejor entender la extraordinaria tautología de la cual formamos parte.