Columnas

Me dueles Perú (I parte)

Belaúnde falló al no haber orientado los esfuerzos del gobierno a atender los llamados en esas zonas y al haber desestimado aquella gestación. También falló al no haber logrado llevar alimentación, techo y educación al pueblo...’.

Eran los años 80’s, el país salía de una década de dictaduras de corte socialista, retomaba su camino democrático de la mano del arquitecto Fernando Belaúnde Terry, quien en 1968, durante su primer mandato, fuera derrocado por los militares al mando del general Velasco Alvarado y en 1980 gana las elecciones democráticas para iniciar con su segundo mandato el retorno a la democracia. Fueron cinco años de estabilidad, de un retorno apoteósico a la altura de la majestuosidad de su capital, un gobierno honesto que reconstruyó las bases para una democracia representativa firme y fuerte, un gobierno con una gran capacidad de convocatoria para enfrentar la gran crisis política, económica y social heredada de la década militar socialista, tarea nada fácil y finalmente fallida. Fallida pues no se logró llevar al Estado al interior del país, no se logró atender las necesidades del Perú profundo, de las zonas abandonadas y empobrecidas, del campo y de sus campesinos. Este fue el semillero para el surgimiento de los movimientos subversivos, quienes bajo el manto de ideologías maoístas-marxistas-leninistas y del abundante financiamiento del narcotráfico, se convirtieron en los grupos armados terroristas Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, MRTA. En la época de Belaúnde, estos movimientos se ubicaban en las zonas rurales del interior, en los departamentos de Junín y Ayacucho se los escuchaba en las noticias y no se les prestaba atención. Belaúnde falló al no haber orientado los esfuerzos del gobierno a atender los llamados en esas zonas y al haber desestimado aquella gestación. También falló al no haber logrado llevar alimentación, techo y educación al pueblo, el cual al final de su mandato eligió a un presidente populista e irresponsable, el peor presidente de la historia del Perú (hasta ahora), quien no solo dilapidó los exiguos dineros de las arcas del Estado sino que acabó con el país y con su institucionalidad, sumiéndolo en la hiperinflación y la pobreza, la inseguridad jurídica y el aislamiento del país al mundo. Estas condiciones fueron la mecha que los incipientes movimientos terroristas necesitaban para tomar impulso y poner al país entero a temblar. Ya no se trataba de campesinos gritando consignas en el campo, amedrentando a poblados olvidados. No. Ahora estaban en la ciudad, armados, colocando bombas en torres de electricidad, dejando a la ciudad a oscuras, bloqueando carreteras, creando escasez de productos básicos. Sin duda la época más aciaga de la historia y lamentablemente poco recordada por el electorado joven.

Al finalizar este gobierno del innombrable, llega a la casa de Pizarro un chinito por el cual nadie daba ni un real partido por la mitad. Un chinito que con su tractor y su eslogan repetido hasta la saciedad, “honestidad, tecnología y trabajo” logró vencer en las urnas a quien llevaba tres años haciendo campaña para salvar al país del despilfarro y la corrupción, el literato peruano Mario Vargas Llosa. El chinito generó un pánico generalizado, pues se pensaba que sería la continuación del innombrable, que la pobreza y la hiperinflación continuarían, que el despilfarro y la corrupción seguirían rampantes. Pero la historia fue distinta y no debemos olvidarla para no repetirla.

Continuará…