El porqué de la guerra (II)

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El porqué de la guerra (II)

...la historia se ha encargado de demostrarnos que la tentativa de sustituir el poder de la fuerza por el poder de las ideas está condenada al fracaso’.

(Continuación. Extracto de la carta dirigida por Sigmund Freud a Albert Einstein, en 1932)

Esta situación pacífica solo es concebible en términos teóricos, dado que dicha comunidad está compuesta por elementos dispares, por vencedores y vencidos, amos y esclavos, lo cual conlleva a una distribución desigual del poder, con leyes impuestas por los dominantes y derechos mínimos para los subyugados. Así, algunos amos tratarán de eludir las restricciones, alejándose del dominio del derecho para retornar al dominio de la fuerza, mientras que los oprimidos tenderán a procurarse mayor poderío mediante la asociación, en ejercicio del derecho, buscando nuevas relaciones de poder. Esta situación devendría en rebeliones y guerras civiles en búsqueda de un nuevo orden.

Se evidencia que no se logra evitar la violencia en la solución de conflictos, aun dentro de una misma colectividad, como la historia nos lo demuestra, pero se aumenta la probabilidad de recurrir a medios pacíficos para solucionar conflictos.

No todas las guerras pueden ser juzgadas por igual, algunas llevaron a la destrucción, como la de los mongoles y de los turcos; otras lograron convertir la violencia en derecho, como las conquistas romanas que legaron la ‘pax’ romana a los pueblos mediterráneos o las tendencias expansivas de los reyes franceses que crean una Francia unida y próspera. Pareciera paradójico que la guerra bien podría ser un recurso para establecer la paz al crear unidades tan grandes que ahuyentan la posibilidad de nuevas guerras; pero los éxitos de la conquista no suelen ser duraderos a causa de la escasa coherencia. Esta transformación acaso solo permitió cambiar numerosas y continuas guerras pequeñas por enfrentamientos bélicos menos frecuentes pero devastadores.

Freud concluye en este punto que las guerras solo podrían evitarse si los miembros acuerdan establecer un poder central encargado de la solución de todos los conflictos, debiendo cada miembro renunciar en gran medida a su libertad de acción y a parte de su soberanía. Este sería el fundamento que lleva a la creación de la Liga de las Naciones, una tentativa de ganar por medio de los ideales, ideales que expresen intereses comunes a todos sus individuos.

Sin embargo, la historia se ha encargado de demostrarnos que la tentativa de sustituir el poder de la fuerza por el poder de las ideas está condenada al fracaso. Así lo demostró la idea panhelénica, que logró atemperar las costumbres guerreras de los griegos pero no pudo impedir los conflictos bélicos entre el pueblo heleno ni evitar que alguna ciudad se aliara con el enemigo persa; de igual forma con la comunidad cristiana durante el Renacimiento y muchos ejemplos más. Los pueblos y su organización están condenados a utilizar la fuerza para llegar al Estado de derecho, sería errado no reconocer este hecho.

No deja de sorprender la facilidad con la que se puede entusiasmar a los hombres para ir a la guerra. En este aspecto, Freud hace referencia a los instintos de los hombres, los cuales pertenecen a dos categorías, el instinto de vida y el instinto de muerte, el Eros y el Tánatos, la fuerza creadora, erótica y la fuerza destructora, agresiva. (Continuará…)