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Beatriz Bencomo | 30 segundos

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Somos el producto de 30 segundos de azar geológico. Pero los próximos 30 segundos ya no son azarosos. Son nuestros

Hace 66 millones de años, 30 segundos de ‘timing’ perfecto cambiaron todo. Si el asteroide de Chicxulub hubiera impactado 30 segundos antes o después, habría caído en aguas profundas del Atlántico o Pacífico. El océano habría amortiguado la explosión. No se habrían vaporizado las rocas de yeso de Yucatán ni liberado 100 mil millones de toneladas de azufre a la atmósfera. Los dinosaurios habrían sobrevivido y nosotros no existiríamos.

Pero cayó exactamente donde debía. En aguas superficiales. Sobre lechos de sulfato. Esos 30 segundos de azar cósmico son la deuda más grande que cargamos como especie.

Hoy los meteoritos ya no vienen del cielo. Los lanzamos nosotros mismos. Las superpotencias abandonan la diplomacia por confrontación militar directa en una toma de tierras que se parece inquietantemente a la década de 1920. Como advierte un análisis reciente de geopolítica: en un mundo de armas nucleares, un regreso a las políticas de 1926 podría llevarnos a un mundo que se parece más a 1026, en un fin de semana.

La crisis climática avanza mientras debatimos su existencia. Las democracias se deshilachan en algoritmos de polarización. Toda la economía estadounidense se sostiene ahora en siete compañías tecnológicas y la gloriosa promesa de productividad impulsada por IA. Un nuevo orden mundial se dibuja en tiempo real y la mayoría no tiene la menor idea de quiénes lo deciden.

La extinción cultural que presenciamos es más sofisticada que cualquier meteorito. Irónicamente, en la era de mayor abundancia de data -2,5 quintillones de bytes diarios- atravesamos el momento de mayor desorientación colectiva.

Y mientras dudamos, corporaciones y gobiernos trazan el punto de impacto de los meteoritos que nosotros mismos estamos lanzando.

Somos el producto de 30 segundos de azar geológico. Pero los próximos 30 segundos ya no son azarosos. Son nuestros. Tenemos una deuda con ese momento cósmico, y no podemos saldarla siendo espectadores pasivos de nuestra propia extinción. 

El primer meteorito nos dio la oportunidad. Los que lanzamos ahora pueden quitárnosla. ¿Seremos responsables del regalo que recibimos?