Columnas

Lecciones de vida

'No me preocupa tanto lo que me pueda pasar a mi sino lo que le pueda pasar a la gente que quiero...’.

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'¡Ahora más que nunca hay que apoyar el producto nacional!'.expreso

Últimamente todos hablamos de lo mismo, todos estamos preocupados por lo mismo; el miedo a lo desconocido, no saber a qué nos enfrenamos ni cómo enfrentarlo…

Me imagino que cada uno de nosotros estamos intentando obtener alguna lección de esto, intentando ver el lado positivo, si es que lo tiene, de esta crisis sin precedentes.

Yo me debato entre la tranquilidad y la ansiedad unas mil veces al día, no puedo dejar de pensar en mi familia aislada en España, no puedo entender cómo el ser humano no es capaz de aprender de los errores de otros hasta que no cae en ellos…

Tampoco puedo dejar de pensar en las consecuencias que va a traer toda esta crisis a nivel mundial y por supuesto a nivel nacional. No hay economía que resista esto y sin duda desde ya hay que pensar en cómo mitigar en la medida de lo posible lo que se nos viene encima.

¡Ahora más que nunca hay que apoyar el producto nacional!

Pero si tengo que sacar una conclusión personal de cómo estoy viviendo estas circunstancias, lo resumo en algo que leí el otro día, que por real y directo termina siendo incluso duro:

“Qué débiles somos cuando queremos mucho a alguien”. Y en esto se resume mi “baile de sentimientos”.

No me preocupa tanto lo que me pueda pasar a mí sino lo que le pueda pasar a la gente que quiero, a mi familia y a mis amigos. Que no esté a mi alcance evitar que les pase algo. Evitar su sufrimiento es algo que me quita el sueño…

Yo sé que cuando lean esto varias personas se sentirán aludidas y otras tantas me darán la razón.

El problema es cómo te puede cambiar la vida en un abrir y cerrar de ojos, cómo tu estabilidad puede verse truncada en cuestión de horas, cómo lo que tenías planificado ya no se puede llevar a cabo y ese es el momento en el que debes darte cuenta de que no es posible controlar todo y que somos tan pequeños, tan vulnerables que la necesidad de creer en algo superior a nosotros se hace más fuerte. Puede ser debilidad, puede ser fe, incluso pragmatismo, pero es real.

Yo, por mi parte, doy por aprendida mi lección y agradezco infinitamente tener a mi familia y a mis amigos en mi vida. Ellos hacen de mí quien soy y sacan lo mejor de mí aunque algún día me perciban ausente, triste o enfadada (en los últimos días estoy así más de lo habitual…).

Si algo he aprendido es a valorar cada momento con mis seres queridos. La imposibilidad de compartir con ellos hace que te des cuenta de la necesidad de hacerlo.

Y sigo trabajando en intentar no tener el control de todo (¡aún no lo consigo!).

Me despido con las sabias palabras de Alejandro Dumas en El conde de Montecristo:“…toda la sabiduría humana estaba contenida en esas dos palabras; ¡ESPERA Y CONFÍA!”.