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Uno de los varios autorretratos del artista neerlandés Vincen van Gogh, de 1889.Vincen van Gogh

Vincent van Gogh más allá de la pintura: su correspondencia, su verdadera gran obra

Este 30 de marzo se cumplen 153 años de su nacimiento. Su correspondencia jugó un papel decisivo para que se conozca su obra

Parece una broma cruel que el reverenciado artista neerlandés Vincent van Gogh (Zunder, 1853 - Auvers-sur-Oise, 1890), cuyas pinturas han sido expuestas, estudiadas y comercializadas en todo el mundo, en vida haya sido visto con desdén por el mercado artístico de su época.

Eso demuestra lo veleidoso del mundillo de la venta de obras de arte, donde la especulación, la manipulación y la ingenuidad de los compradores son moneda corriente.

A pesar de que sus obras en la actualidad pueden alcanzar millones de dólares, en su momento Vincent apenas pudo hacer dinero con unos pocos cuadros, como la obra ‘Los viñedos rojos cerca de Arles’, que compró en 1888 la pintora belga Anna Boch; un retrato del marchante Julien Tanguy; unos encargos de su tío Cornelis; además de intercambiar obras con colegas suyos, por comida o materiales para pintar. Aunque la cantidad exacta siempre es tema de debate entre los historiadores.

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Es imposible comprender la relevancia que adquirió Van Gogh sin las cartas a su hermano Theo, cuatro años menor que él. Esos textos revelaron el mundo interior de un hombre con un entendimiento único de la naturaleza humana, demasiado sensible quizá para una sociedad fatua y esclava de las apariencias.

Es a su cuñada, Johanna van Gogh-Bonger, a quien debemos que la obra de Vincent haya sido conocida. Tras la muerte de Theo en enero de 1891, seis meses después del deceso de Vincent, Johanna, viuda y con un hijo pequeño que mantener, se quedó con gran parte de los cuadros del artista. Movida por la necesidad, decidió reivindicar su obra. Y como parte de ese plan, las cartas tuvieron un rol fundamental.

Para ello, Johanna se autoeducó en los secretos del negocio de obras de arte y con mucha astucia estableció una estrategia. Aprovechando sus contactos previos, logró que galeristas le prestaran atención a las pinturas de Vincent. Es el caso de los primos Bruno y Paul Cassirer, alemanes que organizaron la primera exposición de Van Gogh en su país, en Berlín específicamente, en 1902.

Además de las exposiciones con fines comerciales, Johanna se aseguró de que los cuadros también se exhiban en museos, para que pudieran ser vistos sin restricciones por el público en general, más allá del circuito de marchantes, pintores, críticos y coleccionistas.

Precisamente Bruno Cassirer publicó en 1906 una pequeña selección de las cartas entre Vincent y Theo, traducidas al alemán, antes de que la colección completa viera la luz en enero de 1914.

Tal como Johanna lo preveía, la correspondencia hizo que aumente el interés por la obra de Vincent, por encarnar a la perfección el arquetipo de artista sensible e incomprendido cuya vida tiene un final trágico.

Líneas como la que transcribimos a continuación son un ejemplo de aquello: “Alguien que ha rodado largamente como sacudido sobre un mar tempestuoso, llega al fin a su destino; alguien que parecía inútil e incapaz de desempeñar ningún cargo, ninguna función, termina por encontrar una (...). Te escribo un poco al azar lo que me viene a la pluma, me sentiría muy contento si de alguna manera tú pudieras ver en mí algo más que un haragán”.

O también: “Pienso en lo que dice (Jean-François) Millet: No quiero de ninguna manera suprimir el sufrimiento, porque a menudo es lo que lleva a que los artistas se expresen con mayor energía”.

Sin embargo, no todo es desazón. “Vamos, viejo, ven a pintar conmigo en el bosque, los campos de patatas, ven a galopar conmigo detrás de la carreta y el pastor, vente conmigo a ver los fuegos, a tomar un baño de aire puro en la tempestad que sopla sobre la floresta. Yo no conozco el porvenir, si hay que esperar un cambio o no, o si tendremos el viento con nosotros, pero en todo caso no puedo hablar de otra forma”, le escribe a su hermano, dejando testimonio de la fuerza que le daba el impulso creativo.

Los viñedos rojos cerca de Arles
Los viñedos rojos cerca de Arles, pintura que Van Gogh pudo comercializar. Su compradora fue Anna Boch, de Bélgica, también artista.Vincent van Gogh

Su automutilación y su suicidio, puestos en duda

Las cartas nos permiten conocer que Vincent se enamoró de una prima suya de nombre Kate, quien había enviudado. Él le declaró su amor, pero ella lo rechazó y de ahí las palabras de Vincent en una misiva escrita a Theo desde un lugar llamado Etten, en Países Bajos, el 3 de septiembre de 1881: “Si alguna vez te enamoras y tienes que oír un ‘jamás, no, jamás’, ¡no te resignes!”.

Y cuatro días después añadiría en otra carta desde la misma ciudad: “El amor es algo positivo, algo fuerte, algo a tal punto real, que es tan imposible para el que ama arrancar este sentimiento como atentar contra su propia vida. Si tú me respondes: ‘Pero hay hombres que atentan contra su vida’, te respondo simplemente: ‘Yo no creo ser hombre con semejantes inclinaciones’. Le he tomado verdaderamente gusto a la vida, y me siento muy feliz de amar”.

Difícil creer que años después, el mismo hombre autor de esas palabras se cortaría parte de su oreja izquierda y se dispararía a sí mismo en el abdomen, causándose la muerte, como reseñan la mayoría de crónicas históricas.

Autorretrato con la oreja cortada
Autorretrato con la oreja cortada. Ante la creencia generalizada de que él mismo se lesionó, hay investigadores que sostienen que Paul Gauguin fue quien lo hirió.Vincent van Gogh

Sin embargo, ambos episodios han sido puestos en entredicho.

Los académicos alemanes Hans Kaufmann y Rita Wildegans, en su ensayo ‘En la oreja de Van Gogh: Paul Gauguin y el pacto del silencio’ (2009), sostienen otra versión. Según ellos, Paul Gauguin, pintor francés con el que Vincent vivió un tiempo en Arles, Francia, fue quien le cortó la oreja, aunque no han podido precisar si fue un accidente o algo intencionado, considerando que Gauguin era esgrimista.

Y con respecto a su deceso, los estadounidenses Steven Naifeh y Gregory White Smith, en su biografía ‘Van Gogh: la vida’ (2011) argumentan que según el ángulo de entrada de la bala, es imposible que Vincent se haya disparado a sí mismo.

Ambos plantean que fue un caso de homicidio imprudente, pues Vincent se encontraba bebiendo licor con un par de chicos mientras jugaban con un arma, contexto en el que habría ocurrido el accidente fatal.

Tanto en el caso de la oreja cortada como en el del disparo que lo mató, Vincent habría asumido la responsabilidad para librar de culpa a los verdaderos implicados.

Van Gogh en el séptimo arte

Además de los registros históricos, la correspondencia de Vincent van Gogh ha sido una de las principales fuentes de las películas que han tratado de recrear la vida del artista, cada una con la particular visión de sus respectivos guionistas y directores.

Una de las menos conocidas es la versión del francés Maurice Pialat, titulada simplemente ‘Van Gogh’, de 1991, que no tiene la mirada condescendiente de los otros directores, ni idealiza la relación que mantenía con su hermano.

Mención aparte se merecen las interpretaciones de Kirk Douglas en ‘El loco del pelo rojo’ (1956, del director Vincent Minnelli) y de Willem Dafoe en ‘Van Gogh en la puerta de la eternidad’ (2018, de Julian Schnabel).

Aunque otros preferirán el filme ‘Vincent y Theo’, del estadounidense Robert Altman, con Tim Roth como Vincent y un enorme Paul Rhys personificando a un Theo incluso más atormentado que su hermano artista.

Además tenemos ‘Painted with Words’ (2010) de Andrew Hutton; o ‘Lovin Vincent’ (2017) de Dorota Kobiela y Hugh Welchman, una hermosa versión creada con fotogramas pintados a mano al óleo, quizá el tributo más significativo al legado de Van Gogh.

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