Política internacional
El acuerdo que pulverizó la democracia
ANÁLISIS. El acuerdo petrolero entre Washington y Caracas amenaza con convertir la democracia venezolana en una condición secundaria

La presidenta interina, Delcy Rodríguez, el secretario de Energía de EE.UU., Chris Wright, y la ministra de Petróleo, Paula Henao en la firma de acuerdo petrolero en Caracas.
Lo que se debe saber
- La caída de Maduro fue celebrada como una victoria de la democracia, pero el millonario acuerdo petrolero de Trump puede terminar ofreciendo a sus adversarios la prueba que siempre buscaron.
- María Corina Machado pide que la democracia no quede relegada en la negociación petrolera con Washington, mientras el acuerdo amenaza con darle nueva vida a una vieja narrativa antiestadounidense.
- Washington puede ganar acceso a enormes reservas petroleras venezolanas, pero corre el riesgo de perder algo más difícil de recuperar: la credibilidad de su discurso democrático en América Latina.
Hay un video de María Corina Machado que puede dar pena ajena, y no lo digo por ella —que ha pagado con años de persecución el precio de no callarse—, sino por las circunstancias a las que la han rebajado: poco más que suplicando pero con dignidad, que en los acuerdos petroleros con Washington se contemple “al menos” la democracia y se convoque a elecciones.
Eso, que debería ser el punto de partida, se volvió algo sobrante en la negociación. La razón por la que medio mundo aplaudió cuando cayó Maduro no era el petróleo, era la democracia. Y ahora resulta que la democracia es la letra pequeña, la cláusula que alguien podría meter “si hay tiempo”, mientras el titular es 65.000 millones de barriles.
Vamos a los hechos para entender el por qué de esto: Trump anunció, negociado por Marco Rubio y Pete Hegseth junto a Delcy Rodríguez, “el mayor acuerdo petrolero de la historia del mundo”, con el que Estados Unidos se asegura el control mayoritario de 17 yacimientos venezolanos por 25 años, entre la Faja del Orinoco y el lago de Maracaibo, con meta de producción superior a 1,5 millones de barriles diarios.
Munición para el futuro
Días después llegó la letra menuda: ocho contratos firmados en Miraflores el 2 de septiembre de 2026, extendiendo las empresas mixtas de Chevron, sumando participación productiva de Eni y de la local Primavera, estudios exploratorios con Aspect Holding y dos alianzas con General Electric Vernova para reparar el maltrecho sistema eléctrico.
El paquete duplica las reservas probadas de Estados Unidos, presiona a la baja el precio de la gasolina en año electoral, y de paso, dice Trump, “ayuda a Venezuela a prosperar”. Todo legítimo, todo transaccional. El problema no es lo que Trump gana. El problema es lo que regala sin darse cuenta: munición para el futuro.
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Porque durante décadas la izquierda radical construyó un eufemismo perfecto para blindar a sus dictadores: “Estados Unidos solo quiere el petróleo”. Se lo dijeron a los venezolanos sobre Chávez, a los guatemaltecos en 1954 cuando cayó Jacobo Árbenz, a medio continente durante toda la Guerra Fría.
¿Un acuerdo peligroso?
Era, casi siempre, una acusación sin pruebas suficientes, un acto de fe ideológico sostenido con retórica porque no había un contrato firmado que lo confirmara. Ese era su punto débil: sonaba a paranoia de manual.
Y ahí es donde este acuerdo es distinto, y peligroso, no porque su lógica sea nueva, sino porque por primera vez le regala a esa narrativa la prueba documental que nunca tuvo.
Ya no van a necesitar especular: van a poder señalar 17 yacimientos, 25 años de contrato y 65.000 millones de barriles, y decir “miren, no lo inventamos, ocurrió, justo después de que cayera un dictador por causas democráticas”.
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A partir de ahora, cualquier Ortega, cualquier heredero de Maduro, tiene un precedente real, con nombre y fecha, para decirle a su gente: “es lo mismo que le hicieron a Venezuela, solo quieren el petróleo, no la democracia”. Esa frase, que antes sonaba a discurso trasnochado de Guerra Fría, de aquí en adelante va a sonar, incómodamente, a advertencia cumplida.
Pero hay algo que conviene no olvidar en medio del desencanto: Trump es coyuntural. Pasa, como pasan todos, y la institucionalidad estadounidense —esa que sobrevivió a Vietnam, a los contras, a Irak— tiene una capacidad histórica de reciclarse y volver a levantar la bandera de la democracia en la región.
Un manual de instrucciones
Estados Unidos creo que es una nación que a veces se distrae con el negocio inmediato y olvida el relato que la sostiene. Pero eso no sale gratis: cada presidente que convierte el discurso democrático en negocio de barriles le deja a la próxima administración una retórica más lisiada, más cara de reconstruir frente a un continente que ya escuchó la promesa incumplida.
María Corina no debería tener que suplicar por elecciones, y Washington, si de verdad quiere que este episodio se recuerde como el fin de una dictadura y no como el manual de instrucciones para la próxima, tiene que decidir, rápido, cuál de las dos historias quiere que se cuente, antes de que alguien más la cuente por ellos, con el petróleo venezolano como prueba.