Ecuador

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Nancy y José Sisa son los únicos que tejen la vestimenta indígena en Chibuleo San Francisco, sur de Ambato.Yadira Illescas

Artesanos de Chibuleo preservan la identidad indígena en sus tejidos

La vestimenta indígena en Chibuleo persiste entre altos costos y la reducción de artesanos locales

En la comunidad de Chibuleo San Francisco, en Tungurahua, la tradición textil indígena resiste gracias al trabajo de José Sisa y Nancy Charco, una pareja que ha dedicado su vida a la elaboración de ponchos y vestimentas ancestrales.

Ambos son, actualmente, de los pocos artesanos que continúan con este oficio en la zona. Su taller, ubicado cerca de la iglesia de la comunidad, se ha convertido en un espacio donde la memoria cultural se entrelaza con el trabajo diario.

José recuerda que el aprendizaje no fue inmediato. Hace más de 30 años, artesanos otavaleños llegaban a la Plaza Urbina, en Ambato, para comercializar sus productos. Fue allí donde, junto a su esposa, comenzaron a interesarse por este arte.

Con el tiempo, los maestros artesanos visitaron su hogar para enseñarles las técnicas. En ese entonces, José trabajaba en el magisterio, pero decidió renunciar para dedicarse de lleno a este oficio y apoyar a Nancy.

Hoy, sus tres hijos continúan con la tradición familiar. Incluso han creado su propia marca, Dawzi, cuyo nombre nace de la combinación de letras de sus nombres y apellidos.

Sin embargo, la continuidad de esta práctica no está garantizada. José reconoce que existe preocupación por la pérdida de la tradición, especialmente por los costos que implica la vestimenta indígena.

El valor de las prendas ancestrales

Mientras una prenda de uso cotidiano puede adquirirse desde 10 dólares, un poncho elaborado artesanalmente oscila entre 40 dólares en su versión más sencilla y hasta 240 dólares en modelos de doble faz y mayor calidad.

En el caso de la vestimenta masculina completa, el sombrero puede alcanzar los 250 dólares, mientras que el poncho de primera calidad bordea los 240. Las camisas y pantalones blancos, en cambio, son las prendas más accesibles, con precios desde 20 dólares cada una.

Para las mujeres, los costos son significativamente mayores. En ocasiones especiales, un huasca de coral puede superar los 3.000 dólares, acompañado de blusas que alcanzan los 120 dólares, sombreros de 250 y anacos de hasta 300 dólares.

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En conjunto, la vestimenta completa de una mujer indígena puede llegar a costar alrededor de 4.000 dólares, dependiendo de la calidad de los materiales y los detalles artesanales.

A pesar del avance de la tecnología, la preferencia por lo hecho a mano se mantiene. “Hoy por hoy hay bastante máquina bordadora, pero la gente sigue valorando el trabajo manual; la calidad es diferente”, explica José.

El proceso de elaboración inicia con la adquisición de lana de borrego, proveniente de Salinas de Guaranda. Luego, el material es llevado a Salasaka para el tinturado, un proceso que puede tardar hasta cinco días.

Una vez lista, la lana es trasladada al taller, donde se realiza el hilado y posteriormente el tejido en telares artesanales o máquinas, según la preferencia del cliente. Allí se confeccionan ponchos, bayetas, anacos y fajas para distintos pueblos de la Sierra centro.

Nancy destaca que el crecimiento de cooperativas de ahorro y crédito indígenas ha impulsado la demanda, ya que muchas instituciones exigen el uso de vestimenta tradicional como parte de su identidad.

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La lana la adquieren en Salinas de Guaranda, donde tienen la fábrica y se consigue la materia prima de borrego y alpaca.Yadira Illescas

Vestimenta que fortalecen identidad

La vestimenta indígena no solo representa identidad cultural, sino también una inversión significativa para quienes la portan, especialmente en celebraciones y eventos comunitarios.

Las prendas elaboradas artesanalmente demandan tiempo, dedicación y materiales de calidad, lo que incide directamente en su valor final dentro del mercado local.

A pesar de ello, su uso continúa vigente en comunidades indígenas, donde vestir estas prendas no solo es una tradición, sino una forma de preservar la memoria y fortalecer la identidad.

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