Día del Internauta: así pasamos de un mensaje incompleto a vivir 100 % conectados
Internet comenzó como una red reservada. Décadas después, 6.000 millones de personas la utilizan y ya no necesitan conectarse: viven permanentemente dentro

Las primeras computadoras personales acercaron el mundo digital a los hogares, aunque conectarse a Internet todavía requería comandos, módems telefónicos y grandes dosis de paciencia.
Consultar el clima, reproducir un video o enviar un mensaje parece hoy un gesto automático. Internet está tan integrado en nuestras vidas que apenas recordamos cuando conectarse era una aventura: había que ocupar la línea telefónica, soportar chirridos electrónicos y esperar varios minutos para descargar una canción.
Cada 23 de agosto se celebra popularmente el Día del Internauta, aunque no es una efeméride oficial internacional. La fecha se relaciona con la apertura de la World Wide Web fuera de los círculos científicos. La conmemoración recuerda cómo pasamos de explorar una red desconocida a vivir permanentemente dentro de ella.
La palabra “internauta” combina “internet” con “astronauta”. Los primeros usuarios eran exploradores que se internaban en un territorio sin mapas, aplicaciones ni redes sociales. Frente a ellos solo había pantallas oscuras, comandos y líneas de texto.
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“LO”: el mensaje que inició la revolución digital
El viaje comenzó la noche del 29 de octubre de 1969, en un laboratorio de la Universidad de California en Los Ángeles. Charley Kline intentó conectarse mediante Arpanet —la red precursora de Internet— a una computadora del Instituto de Investigación de Stanford.
Debía escribir “log” para que el sistema completara automáticamente “login”. Kline pulsó la “L”. Llegó. Después escribió la “O”. También fue recibida. Pero antes de transmitir la “G”, el sistema colapsó.
El primer mensaje enviado entre dos computadoras no fue una frase solemne, sino un accidental “LO”. El fallo se solucionó cerca de una hora después, pero la historia ya tenía un inicio perfecto: la revolución digital comenzó con una palabra incompleta. ICANN conserva el relato de Leonard Kleinrock, uno de los padres de Arpanet.
Durante las dos décadas siguientes, Internet permaneció reservado principalmente para universidades, instituciones científicas y organismos militares. Permitía intercambiar correos y archivos, pero estaba lejos de ser el espacio intuitivo que conocemos.
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La idea “vaga, pero emocionante” que creó la web
El cambio llegó en marzo de 1989. En el CERN, cerca de Ginebra, el físico e informático británico Tim Berners-Lee presentó una propuesta para organizar la información producida por los científicos. Su idea era conectar documentos mediante hipertexto y consultarlos desde computadoras diferentes.
Su supervisor, Mike Sendall, escribió sobre el documento una frase que pasaría a la historia: “Vaga, pero emocionante”.
Berners-Lee desarrolló tres pilares que todavía sostienen la web: HTML para crear páginas, HTTP para comunicarlas y las URL para localizarlas. También construyó el primer navegador y utilizó una computadora NeXT como servidor. Para evitar que alguien interrumpiera el experimento, pegó una advertencia: “Esta máquina es un servidor. ¡No apagar!”.
El 20 de diciembre de 1990 comenzó a funcionar allí el primer sitio web, info.cern.ch. No ofrecía noticias, videos ni productos: explicaba qué era la World Wide Web y cómo crear un servidor. Durante 1991, el proyecto empezó a abrirse a comunidades externas al CERN.
La decisión que permitió una web abierta
El momento decisivo ocurrió el 30 de abril de 1993, cuando el CERN puso el software de la World Wide Web a disposición del público libre de regalías.
Cualquier persona podía utilizar sus fundamentos sin pagar licencias. Si la tecnología hubiera quedado bajo patentes comerciales, probablemente habrían surgido redes privadas e incompatibles. Su apertura permitió construir sobre un estándar común.
A finales de 1993 existían más de 500 servidores web. Un año después ya eran 10.000 y cerca de 10 millones de personas utilizaban la web, según la historia documentada por el CERN.
Cuando navegar exigía paciencia
En los años noventa, “navegar por Internet” se convirtió en una experiencia doméstica. La metáfora fue popularizada por la bibliotecaria estadounidense Jean Armour Polly, quien publicó en 1992 el artículo Surfing the Internet.
Pero aquella navegación exigía paciencia. Los módems de 28,8 y 56 kilobits por segundo utilizaban la línea telefónica. Mientras alguien estaba conectado, nadie podía llamar a la casa. Descargar un MP3 podía tardar entre 15 y 20 minutos, siempre que nadie levantara el teléfono y cortara la conexión.
En 1995, Bill Gates reconoció el cambio en su memorando The Internet Tidal Wave. Internet ya no era una curiosidad académica: se convertía en la nueva plataforma de la economía y la comunicación.
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De conectarnos a vivir en Internet
La transformación ha sido vertiginosa. En 2025, aproximadamente 6.000 millones de personas, el 74 % de la población mundial, utilizaban Internet. Sin embargo, 2.200 millones permanecían desconectadas, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones.
Antes, ser internauta implicaba sentarse frente a una computadora, encender el módem y entrar durante un tiempo limitado. Después se cerraba la sesión y se regresaba al mundo físico.
Ahora casi nunca salimos. Internet acompaña nuestros teléfonos, trabajos, compras, trámites, relaciones y herramientas de inteligencia artificial. Dejó de ser un destino para convertirse en la infraestructura invisible de la vida cotidiana.
Recordar al internauta no es solo sentir nostalgia por los módems ruidosos. Es reconocer a quienes imaginaron una red abierta y compartida. Aquellos exploradores no sabían hasta dónde llegaría su viaje. Hoy conocemos parte de la respuesta: Internet dejó de ser un lugar que visitamos. Ahora es un espacio que habitamos.
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