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Papagayo, la ultima frontera

Operativos permanentes. En dos meses se clausuraron 49 locales de venta informal de caña y madera. Están prohibidos en Monte Sinaí y Voluntad de Dios.

Papagayo, la última frontera

En algún momento, era el Municipio local el que lo tenía en la mira. Pensaba en un crecimiento ordenado de la ciudad en esa dirección. Aquellos planes acabaron cuando seudodirigentes instalaron sus campamentos y fragmentaron parte de ese territorio de bosque tropical.

De esos intereses nacieron Monte Sinaí y Voluntad de Dios, esas manchas de barrios informales que se levantan en el ala noroeste de la vía Perimetral.

En septiembre del 2012, el Gobierno intentó frenar las invasiones con una declaratoria de bosque protegido. Así nació Papagayo, una extensión de 3.602 hectáreas que desde entonces se convirtió en una especie de bocado apetecible o botín por conquistar para los promotores de los asentamientos ilegales.

El viernes pasado, la ejecución de nuevos operativos de desalojos devolvió la mirada hacia este sector de la ciudad y descubrió que el proceso invasor nunca se detuvo en estos seis años. “Dentro del bosque protegido, por seis sectores los invasores han incursionado. Ahí creo que ya hemos perdido la batalla”, reconoce Marcos Cabezas Santillán, oficial militar al mando de uno de los puestos de control en Voluntad de Dios.

En uno que otro asentamiento, se calcula que ya hay unas mil familias.

En los operativos que se llevaron a cabo entre lunes y martes fueron desalojadas 450 casas.

“El miércoles que estuvimos de control por aquí, no había nada de esto”, contrasta uno de los uniformados del Ejército que realizan controles permanentes por la zona.

Un espacio de 20 hectáreas no ocupadas aparecía fragmentado la mañana de ayer. En algunos puntos, con casas; en otros, solamente el terreno delimitado por marcas o estacas.

El terreno comprende un área que el Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda tiene definida para planes de infraestructura; y aunque no corresponde al área protegida, apenas está separada unos 200 metros. “No estamos lejos de donde ya hay evidencia de ocupación informal dentro del bosque”, precisa Cabezas, señalando hacia uno de los cerros cercanos. “Del otro lado de esa loma ya está todo poblado”.

Podría pensarse que esa especie de queso apetecido al que se desea despedazar por los cuatro costados no tiene dueño. Por lo contrario, existe de por medio una cooperativa agrícola conformada por 36 miembros, quienes tienen títulos de propiedad sobre terrenos que van desde las 50 a las 200 hectáreas.

Uno de ellos es César Ortiz Pinto, quien en estos días se apresta a sembrar su primera hectárea de moringa, con la aspiración del próximo año llegar a por lo menos 10 hectáreas.

“Antes sembré maracuyá y papaya, pero eso se vino abajo. Estas tierras son productivas, nos harían mucho daño si cayeran en manos de los invasores”, dice Ortiz, quien asegura que hace medio siglo comenzó a adentrarse en ese vasto mundo de bosque seco tropical, donde todavía corren los venados y se aparean los papagayos.

Ortiz acaba de cumplir 90 años y aún tiene fuerzas para recorrer los senderos agrestes por los que se viaja hacia el interior del bosque. Lo hace a bordo de una motocicleta. “Acá se respira aire fresco y puro, a pesar de que ya casi nos alcanzan las invasiones”.