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La ‘H’ se instala en las afueras de la terminal

Rutina. En horas de la tarde, cuando la terminal terrestre se torna más movida, es cuando más se observa a los chicos vendiendo sus productos y consumiendo drogas.

Protagonista. Luis, más conocido como ‘el Mellizo’, es uno de los jóvenes que trabaja en la terminal terrestre y consume estupefacientes cerca de las estaciones de los buses urbanos.

Su arrebatada forma de caminar le abre paso entre la gente que evita toparse con él. Tal vez por su ropa sucia, por su mirada perdida o por la forma en la que mueve los brazos que lo hacen parecer un loco, aunque no lo esté. No pasa de 1,50 metro de estatura. Aunque ya tiene 19 años, su contextura -esmirriada, enclenque- lo asemejan a uno de 15.

Cuando le preguntan a Luis -más conocido por sus panas como ‘el Mellizo’- si consume drogas, desvergonzadamente dice que sí. ‘La H’, recalca.

Su mundo se reduce a dos sitios. Su ‘cama’, que no es más que un par de cartones y una colcha curtida que mantiene en un rincón del polideportivo, ubicado en las avenidas Antonio Parra Velasco y Benjamín Rosales, donde pasa las noches junto a su hermano; y la terminal terrestre.

Es en este último lugar donde consume no solo el total de sus horas del día, sino también toda la droga que paga con lo que gana en cada jornada.

“Trabajo cantando en los buses que van a viajar”. Se refiere a los transportes intercantonales. Pero es en los andenes de los colectivos urbanos donde suele inhalar y fumar esa sustancia que contiene un 25 % de heroína, residuos de cemento, veneno para ratas y restos de un anestésico que se suministra al ganado, con la que él dice “llega al cielo”, aunque adonde termina acercándose cada día es al infierno.

No es el único. Como ‘mellizos’ hay varios jóvenes en las afueras de la terminal terrestre que consumen droga al aire libre.

¿Por qué en la terminal? Existen dos factores. Uno: la multitud. La concurrencia de personas les permite trabajar como vendedores informales de agua, caramelos, frutas, entre otros productos y obtener los ingresos suficientes para sobrevivir. Dos: El más importante, no es necesario salir de allí para encontrar la H, cocaína o marihuana. Toda una despensa a disposición de quien lo necesite. Todo esto a pesar de que la parada a la que llegan decenas de buses urbanos cada minuto es vigilada por 10 policías metropolitanos que rondan entre las 05:30 y las 22:00. La droga se oferta, se compra y se la consume de manera enfermiza.

“Nosotros y la policía también hemos capturado a varios microtraficantes que se camuflan entre los vendedores. Hemos dado con ellos, pero siempre encuentran nuevas formas para vender sin que nadie se dé cuenta”, asegura uno de los metropolitanos asignado a la terminal, quien prefiere reservar su nombre.

Los agentes municipales aseguran que los microtraficantes se las ingenian. Por ejemplo “a un joven que vendía helados le encontramos las fundas de ‘H’ entre los helados que guardaba en el carrito”. Otro caso: “A uno que vendía fundas de ciruelas verdes con sal le encontramos que la sal en realidad era droga”.

Resulta fácil invisibilizarse en los alrededores de 183.000 metros cuadrados de construcción -tres pisos de alto, 260 locales comerciales, 91 cooperativas en servicio- que es la Terminal Terrestre de Guayaquil. Un lugar del que cada día entran y salen 99.838 personas que inician viajes o llegan a recibir a alguien. Es precisamente en ese entorno, una especie de enjambre multitudinario, en el que se observa a varios muchachos consumiendo estupefacientes a cualquier hora y delante de las personas que transitan por el lugar.

En septiembre pasado, este Diario abordó la problemática de la droga, donde se indicó que en Guayaquil se consume el 60 % de estupefacientes que hay en el país; y de esa cantidad el 52 % de los consumidores están entre los 12 y 17 años, quienes a diferencia de otros tiempos no se ocultan para fumar e inhalar la droga.

“Frente a niños, delante de todos se meten su droga descaradamente”, dice María Olvera, quien diariamente toma la línea 132 en esa estación para volver a casa desde el trabajo.

“No puedo reconocer a los que la ofertan, pero sé que aquí mismo la venden”, comenta un comerciante de recargas y auriculares que labora en el sitio. Un lugar donde Luis se ha vuelto una sombra. Él recuerda la vez que decidió marcharse de casa y preferir las drogas y la calle. Lo hizo a los 12 años para escapar de un hogar disfuncional, del que su padre se fue cuando él empezaba la adolescencia, donde la pobreza lo acorralaba junto a su madre y hermanos. Y sobre todo, donde los brutales golpes de su tío alcohólico que marcaron su cuerpo de cicatrices, lo despertaban en las madrugadas.

“Llegaba borracho y se nos metía a la cama a pegarnos a mí y a mis hermanos con un cable o con una tabla con clavos sin ninguna razón. Nosotros salíamos corriendo de la casa y dormíamos en la calle”. Podría no creérsele, pero siempre que puede exhibe las marcas de sus viejas heridas.

Tuvo que aprender a sobrevivir en las aceras. Robó. Lo hizo hasta que le nació su hijo, producto de una relación con una muchacha que había conocido en el colegio. Dejó el comportamiento antisocial, pero no ha podido desprenderse de la calle ni de las drogas.

Trabaja duro para reunir al menos $ 10 diarios para comprar alimentos para su familia. Deja un extra para su vicio. No termina su día si antes no consigue para esto.

La Fundación Terminal comunica a la policía

El microtráfico en las afueras de la terminal es un problema ya detectado por la Policía Nacional, que hace pocos días capturó a un joven quien se paraba en los andenes sin nada más que su celular. “Después de requisarlo descubrieron que en la batería del móvil escondía las funditas de H”, comentó una comerciante.

De manera oficial los metropolitanos manejan el discurso de que los microtraficantes ya no rondan la terminal. Aunque tanto ellos como quienes transitan a diario por ahí lidian con las escenas de consumo y con el olor ácido que emana este polvo color marrón oscuro.

“A veces vienen señoras y nos dicen, mire que está consumiendo, dígale que no lo haga. Les hablamos que se retiren, pero se van al otro extremo a hacer lo mismo. Son muchos y lo hacen a cada rato. Se convierte esto en algo incontrolable” señala otro uniformado.

Por su parte la Fundación Terminal Terrestre, a través de un comunicado informó a este Diario que su Departamento de Seguridad mantiene una comunicación constante con la Policía Nacional a la que informa sobre los hechos inadecuados que se suscitan en ese lugar.

“A pesar de que no es nuestra competencia, la de combatir la venta y consumo de drogas, lo que hacemos es informar a la Policía, para que actúe y tome acciones al respecto”, señala.