Instantáneas coronavíricas: La mafia de las medicinas mata

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Instantáneas coronavíricas: La mafia de las medicinas mata

Abdalá Bucaram habla más de la cuenta en un video sobre el asesinato de Sheinman Tommer.  En la Penitenciaría del Litoral, la semana que empezó con una masacre terminó con un crimen.

Abdalá Bucaram graba un mensaje en video
Video. Bucaram quiere llorar: se le fue la lengua en vivo y en directo.EXPRESO

¿Abdalá admite fraude procesal?

“Hoy acaban de asesinar a un israelita, el terrorismo de Estado”, acusa Abdalá Bucaram con su voz estridente y áspera, mirando de frente a la cámara, parado en un frío rincón de su horripilante casa delante de un afiche donde aparece él, un cuarto de siglo más joven, luciendo la banda presidencial que contribuyó a degradar. Apuradísimo graba el enésimo video del mes y mete las de andar con una sinceridad que se agradece. A los Bucaram hay que dejarles hablar: solitos se ponen en evidencia.

Repite Bucaram el error que cometió su hijo Dalo cuando dijo desde Miami que el detenido Daniel Salcedo y su hermano Jacobo eran socios en el negocio del hospital (dijo “hospital” en lugar de “restaurante” y hasta le halló la gracia). Ahora Abdalá también se va de lengua: “Hoy acaban de asesinar a un israelita -despacha atropellado, como siempre-, el terrorismo de Estado. Hace pocos días intentaron asesinar a mi abogado. Hace pocos días mataron a nueve personas en la penitenciaría para ir creando un clima de como que una familia ha querido matar a alguien. Tenemos, gracias a Dios, una grabación, donde el israelita nos dice, y le dice a mi abogado…”.

Aquí se detiene en seco porque alguien llama su atención desde fuera de cámara con un significativo “no-no-no-no-no” que se escucha claramente. Tarda un segundo el abogado en darse cuenta de lo que ha dicho. Gesticula con desespero. Se retuerce. Estira la mano como para detener lo que ya fue. Ocurre que el israelita era un testigo protegido del Estado que se proponía demostrar la participación de Jacobo Bucaram en el tráfico de medicinas. Y Abdalá acaba de admitir que tenía contacto con él. “Sigue, sigue, está en vivo”, apura el hombre de la cámara. Bucaram quiere llorar. Se golpea sonoramente la frente con la palma de la mano izquierda. Corte. A los pocos minutos, toma dos: esta vez Bucaram habla más despacio y omite cualquier dato que pudiera ponerlo en evidencia. En suma: miente.

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¿Ya renunció el director de cárceles?

Se necesita una mezcla de corrupción e ineficiencia para que un testigo protegido de la Fiscalía sea asesinado en su celda de la Penitenciaría del Litoral. ¿Ya renunció el director de esa cárcel? ¿Ya lo echaron? ¿Salió a dar la cara? Por cierto, ¿quién es? Se llama Héctor Reyna y está enfermo. Lo subroga Erick Vargas, a quien tampoco ha visto nadie. Sólo un escueto comunicado informa sobre el “deceso del PPL”, como si se tratara de un infarto y no de un asesinato. Lo firma el Servicio Nacional de Atención Integral a Personas Adultas Privadas de la Libertad y Adolescentes Infractores (SNAI), como llaman ahora a la dirección de cárceles (debería ser SNAIPAPLAI, pero el ridículo tiene un límite). Edmundo Moncayo, director de esa cosa, tampoco ha dicho nada.

La semana en la Peni empezó con un tiroteo sangriento. Once muertos y 26 heridos. En este país se amanece con la noticia de una masacre y la vida sigue su curso normalmente. ¿Qué debe ocurrir para que el Ecuador se conmueva? Once vidas cuyo cuidado y preservación eran obligaciones del Estado. En la antigua Roma, si a un funcionario se le morían las personas que debía cuidar, su única forma de recuperar el honor era el suicidio. Aquí no hay ni cómo sacarles la renuncia.

Normalidad en las cárceles del país: al día siguiente de la masacre, la Policía anuncia que ha logrado identificar a nueve de los once muertos. Sólo a nueve. Parece chiste. El comandante Patricio Carrillo lo anuncia sin sonrojarse. ¿No son capaces de establecer quién falta en una cárcel? ¿En serio? Luego tardan cuatro días en requisar las armas “encaletadas”. Desde el día en que la Policía asumió como propia la jerga de los delincuentes, son ellos los que deciden cómo son las cosas.

¿Mejoró la seguridad, al menos por unos días? Qué va. No pasaron ocho antes de que volvieran a matar, ahora a un testigo protegido y clave, un traficante de medicinas dispuesto a desenmascarar a los Bucaram, nada menos. ¿Hasta dónde llega la corrupción y la ineficiencia del sistema? ¿Por qué la Penitenciaría del Litoral es lo que es? Probablemente porque le conviene a muchos.

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