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Envilecidos por el poder

-¿En qué momento los presidentes pierden el rumbo y se envilecen? Sergio Ramírez, el que fuera vicepresidente de Nicaragua en la primera presidencia de Daniel Ortega, me responde al instante:

-Cuando se quieren quedar en el poder.

Hablamos de la actual crisis nicaragüense y él hace extensivo el diagnóstico: “Es un viejo mal latinoamericano, que antes era una práctica de los partidos tradicionales y hoy lo es del Socialismo del Siglo XXI”. Tiene razón. Aquí, en Ecuador, Rafael Correa no pudo eternizarse. No porque le faltaran ganas, sino porque atisbó la debacle que se avecinaba. Entonces decidió dejar la mesa, pues ya la sabía inservible.

En Argentina, Néstor Kirchner ideó una larga rotación con su esposa y compinche, Cristina, pero lo fulminó un ataque cardiaco que desnudó sus falencias físicas y morales: coleccionaba cajas fuertes para guardar los millones que recaudaba como lo que fue: un ladrón serial.

En Bolivia, y a pesar de que un referendo le recordó que ya no puede ser candidato, Evo Morales, el indígena heroico devenido en capataz con poncho, se aferra a su tercera e ilegal reelección. Se resiste a dejar el poder, menos ahora que terminó de amoblar su lujoso palacete en La Paz.

En Nicaragua y una vez perdido el norte de la hermosa revolución libertaria, el otrora comandante de las buenas causas empezó a perseguir adversarios, que llevan años denunciando sus represiones y atracos. Desde hace 8 meses resiste atacando: intimidó con tanques a los opositores y luego criminalizó las protestas. Y desde el fin de semana pasado desaparece adversarios y masacra periodistas. Está en lo que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos llama “cuarta etapa de la represión”. Ya no parece haber salida democrática en la tierra de Darío y de Sandino.

Ramírez me dice que aún la hay porque él cree en la negociación y la posibilidad de elecciones anticipadas. Tal vez así sea. O, quizás por lo que él mismo diagnostica, la represión en Nicaragua llegará a la quinta y fatídica quinta etapa: fuego abierto contra los opositores. Porque así terminan los que pierden el rumbo, envilecidos por el poder.