Efrain Jara Idrovo

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Efrain Jara Idrovo

Hace dos semanas nos abandonó, dejándonos el legado de su inmensa poesía, ese gran aeda y entrañable amigo que fuera Euler Granda. Las musas vuelven en este instante a conmovernos con sus lágrimas, ya que otro poeta de la misma estatura intelectual y humana, el cuencano Efraín Jara Idrovo, hace su viaje hacia la eternidad, a los 92 años, tras dejarnos una obra poética de severa retórica, que no suprime sino que, por el contrario, establece la gran emotividad en todos y cada uno de sus versos.

Efraín perteneció a la generación que en su morlaquía se bautizó con el nombre de Elan, a la que también pertenecieron César Dávila Andrade, Eugenio Moreno Heredia, Jacinto Cordero y Teodoro Vanegas, que coincidió temporalmente con el grupo Madrugada, el cual se formó en Quito en 1944.

Efraín combinó en su vida los montañosos paisajes de la serranía con ese mar que une y separa y que lo tuvo como vecino en diferentes ocasiones. Joven aún emuló al personaje de la obra de Daniel Defoe, Robinson Crusoe, ya que voluntariamente vivió durante cinco años en una casi desierta isla del archipiélago de las Galápagos. Y en buena parte de su poesía está inscrita esa soledad frente a olas interminables y crepúsculos lejanos en las islas encantadas.

Uno de los mayores pesares para un ser humano es la pérdida de un hijo. Y al poeta de las soledades y del amor recurrente le ocurrió la desgracia de que muriera su primogénito. De esta dolorosa experiencia nace el largo, mágico y tan bien estructurado poema: Sollozo por Pedro Jara, en un desordenado orden que nos recuerda a los recursos que Julio Cortázar utilizó en su inimitable novela Rayuela.

Efraín era, además, un amante perenne que llevaba en su sangre el espíritu del personaje español algo casquivano de Juan Tenorio, situación que lo inspiró para escribir, siempre apegado a la retórica a pesar de la intensa emoción amatoria, un gran número de sonetos (de rima libre como los que le escribiera, como buen “viejo verde”, Pablo Neruda a Matilde Urrutia).

Nos deja, pues, ‘el Cuchuco’, como lo llamábamos de apodo, con el dolor de su silencio. Y recordando, además, su gran capacidad directiva en esa revista literaria que él creó: El cormorán y la serpiente.