La calidad academica

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La calidad academica

El año 2017 culminó con múltiples propuestas de reformas a la Ley Orgánica de Educación Superior que se gestó en el año 2007, pero que fue aprobada en el 2010. Esto fue, cuando se cuestionó la calidad académica de las universidades; cuando se anunció la necesidad de un modelo controlador hasta el reglamentarismo, uniformador, sancionador, bajo la divisa engañosa de “autonomía responsable”. Responsable. ¿Ante quién? Ante los organismos de control que impusieron una serie de normas incompatibles con la experiencia académica internacional, y fruto de la improvisación y del afán punitivo, por ejemplo, 60% de profesores a tiempo completo. ¿Por qué no 58, 45, o 39? ¿De qué inspiración salió semejante porcentaje, que hizo perder a miles de alumnos la experiencia de profesionales reconocidos?

El exceso de reglamentación y el prejuicio criollo de “piensa mal y acertarás”, trabaron innecesariamente la aprobación de innumerables proyectos de carreras y de posgrados que debieron haber estado listos en tres meses. En el siglo XXI, la calidad académica no se consigue con trabas burocráticas e interminables requisitos, sino con procesos de aseguramiento de la calidad, que implican la evaluación y la acreditación.

La falta de calidad es un problema cultural. Mientras no seamos economías poco competitivas, con una masa crítica de personas que se vuelven incapaces de saltarse la fila, pitar desaforadamente o jactarse de que hacen lo que les da la gana, como en cualquier país macondiano, la calidad de vida, de la educación, de la salud, de la política y de todos los ámbitos, será materia perdida. Más aún, si se adopta la esquizofrenia como estrategia de posicionamiento social: hablar la jerga de izquierda, tomarse una “selfie” con Chávez o con los Kirchner, denunciar en tarimas al imperialismo, pero viajar en primera clase pagado por el Estado y consumir Mont Blanc o Salvatore Ferragamo.

Las reformas deben apuntar a la transformación de la cultura, no a perpetuar sus malos hábitos, sus abusos disfrazados de legalismos, si es que se quiere hablar, sin sonrojarse, de pertinencia.