
La promesa rota de Chile
#Análisis: Chile ha sido durante décadas un espejo político al que Ecuador mira cuando fantasea con la ucronía
Chile ha sido durante décadas un espejo político al que Ecuador mira cuando fantasea con la ucronía: desde el famoso mantra de “necesitamos un Pinochet”, hasta el “¿por qué no nos nace un Allende?”. Tal vez algunos incluso fantaseamos con tener una Bachelet o un Frei gobernando.
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Por eso la disputa entre Kast y Boric despierta tanta atención. A primera vista podría parecer una simple polémica entre visiones ideológicas dispares, o incluso una discusión técnica sobre el cable submarino de datos que conectaría a Chile con China. Pero la realidad es más profunda. Ese conflicto es apenas el síntoma visible de un proceso político mucho más largo que cambió la sociedad chilena: el ciclo que va desde el entusiasmo del estallido social de 2019 hasta el desencanto de 2026, que terminó llevando a Kast al poder.
Tras asumir la presidencia, Kast afirmó haber recibido un país debilitado y habló de la necesidad urgente de recuperar el orden público, reforzar el control migratorio y aplicar una política económica basada en disciplina fiscal y reactivación de la inversión. También anunció auditorías al gasto estatal —ya saben, el socialismo tirando el dinero por la ventana—. Para Kast, el desafío inmediato no es iniciar una nueva refundación ideológica, sino estabilizar un país que atravesó años de desgaste político e institucional.
Pero los pueblos no cambian así sin más. El Chile de 2019 parecía entrar en una etapa refundacional. Las protestas masivas y los disturbios alimentaron la idea de que el modelo heredado de la transición democrática había llegado a su límite. Una nueva generación política, formada en el activismo estudiantil y en los movimientos sociales, prometía reconstruir el país.
Ese impulso alcanzó su punto máximo con la elección de Gabriel Boric en 2021. Antiguo dirigente estudiantil, Boric representaba la llegada al poder de quienes habían protagonizado las movilizaciones de la década anterior.
Durante esos años se instaló la idea de que una generación joven traería una política más ética y más eficiente —publicidad engañosa, diría yo—. Al final del día, la honestidad no conoce edad, como tampoco la corrupción ni la ineficiencia. Con el tiempo, aquella visión de una política generacional casi redentora comenzó a desvanecerse.
En casa de herrero, cuchillo de palo
Como decía mi abuela: en casa de herrero, cuchillo de palo. Una cosa es protestar y otra muy distinta gobernar.
Varios dirigentes surgidos de las protestas pasaron rápidamente a ocupar posiciones centrales dentro del Estado liderado por Boric. Figuras como Camila Vallejo o Giorgio Jackson simbolizaban ese tránsito acelerado desde la calle hacia el aparato gubernamental. El propio proceso constituyente, presidido inicialmente por Elisa Loncón, reflejaba ese espíritu refundacional.
Sin embargo, el proyecto de nueva Constitución terminó generando una reacción inesperada. Para muchos ciudadanos, el texto parecía más una declaración ideológica que una arquitectura institucional clara. Conceptos como el Estado plurinacional, sistemas judiciales diferenciados o la proliferación de nuevos órganos estatales comenzaron a generar dudas, hasta el punto de que el proyecto constitucional fue rechazado por una amplia mayoría en el plebiscito de 2022. Un segundo intento tampoco logró consolidar consenso.
Mientras tanto, otros problemas comenzaron a dominar la agenda pública: el aumento de la delincuencia, la presión migratoria en el norte del país y un crecimiento económico más lento. A esto se sumaron escándalos políticos que golpearon la credibilidad de la llamada “nueva generación”.
Incluso en el plano geopolítico surgieron tensiones, como el desacuerdo en torno al proyecto de cable submarino de datos que conectaría a Chile con Asia, en medio de la creciente rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China.
En ese clima de desencanto comenzó a emerger con fuerza la figura de José Antonio Kast. Durante años había sido presentado como la expresión más dura de la derecha chilena. Sin embargo, su discurso centrado en seguridad, control migratorio y estabilidad económica empezó a resonar en sectores cada vez más amplios de la sociedad.
Y es allí donde reside la ironía. Durante años Kast fue presentado como la “extrema derecha” de la política chilena. Pero después del ciclo de promesas, errores y desilusiones que siguió al estallido de 2019, para muchos votantes terminó representando algo inesperado: no la extrema derecha, sino la extrema coherencia frente al agotamiento de una promesa que nunca logró convertirse en realidad.
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