Simplemente periodista
No es cierto que cuando el periodismo protagoniza, la democracia se tambalea. Lo que la pone en riesgo es un periodismo que se conforma con silenciar

El periodista Álvaro Espinosa compareció en la comisión de Fiscalización por el juicio político a Inés Manzano.
A propósito de la comparecencia del periodista Álvaro Espinosa a la bien prestigiada Comisión de Fiscalización, se ha formado una idea clara que da vueltas en estos días y que suena impecable. Los periodistas no deberían aparecer en las audiencias de un juicio político, porque el que sale perdiendo es el periodismo. La frase tiene la seducción de las verdades a medias, y como toda verdad a medias queda una mitad por llenar.
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Veamos. Se dice que en estos escenarios el político gana y el periodismo siempre pierde. Lo que no se dice es ante quién se pierde, exactamente. Hemos visto a más de un periodista salir de estos episodios con más influencia, más seguidores y, también, más temido. Eso no es salir gravemente lesionado. Realmente lo que se afecta, para algunos, es la idea romanticona del periodista como un observador impecable, que jamás se ensucia las manos con el resultado de lo que publica.
Woodward y Bernstein (Watergate), por ejemplo, no fueron neutrales, siguieron una tesis, empujaron y le cambiaron el rumbo a un país. Lo que pasó es que no tuvieron que declarar en la interpelación porque estaban las grabaciones de la Casa Blanca. Pero eso es suerte y no seguir la línea nostálgica del periodismo, de lo contrario hubieran tenido que testificar.
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Lo malo no es investigar y peor difundir los resultados en cualquier escenario que sea, mucho más en el parlamento nacional. Lo malo es tomar la bandera de la acusación sin demostrar nada o algo, aunque sea.
El caso de Álvaro Espinosa se lo ha tratado con una injusticia notable. A Espinosa lo llamaron. Una comisión lo convocó a explicar una investigación periodística sobre el caso Progen y otras hierbas podridas, y él fue e hizo exactamente lo que debía hacer, dar la cara por lo que publicó.
No se ofreció como testigo estelar y no redactó ninguna acusación. Respondió preguntas sobre hechos que ya se había hecho públicos. Que los abogados de la defensa lo interrogaran como si fuera perito no es una falta suya, fue la estrategia de la defensa en un proceso asimétrico, alevoso, y encubridor de la comisión respectiva. Culpar al periodista por el uso que otros hacen de su testimonio, es como culpar al testigo de un choque por la estrategia del abogado que lo repregunta.
De otra parte, Espinosa no debía desobedecer una convocatoria institucional para cuidar las apariencias. El periodista que se niega a comparecer en nombre de su “independencia” da la impresión de que esconde algo. Espinosa hizo lo contrario, puso su investigación sobre la mesa, se sometió al escrutinio y aguantó el “canchereo” (como se dice en argentino).
Eso no debilita al periodismo; lo dignifica. Caso distinto es cuando un periodista, sin aportar mayores pruebas, hasta sugiere la causal por la que debería enjuiciarse a un funcionario público. Ahí ya no está reporteando, está redactando la acusación. Y ahí el problema no es la apariencia de independencia, sino que se transgredió la ley básica de la profesión.
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El protocolo del oficio exige investigar, contrastar, publicar y después hacerse a un lado para que el “resto” sea del “resto”, o sea, las instituciones hagan lo suyo. Cuando alguien no se “hace a un lado” el reproche es legítimo sobre esa conducta. No sobre quien simplemente fue a responder cuando lo citaron, a ratificar y probar lo publicado.
Al final, la conclusión surge nítida. No es cierto que cuando el periodismo protagoniza, la democracia se tambalea. Lo que la pone en riesgo es un periodismo que deja de comprobar y se conforma con acusar, o, peor, silenciar. Espinosa hizo su trabajo, y lo hizo bien. Meterlo en el mismo saco con otros que confundieron reportaje con acusación, es injusto.