Editoriales

Palabras o piedras

Y así se ahorran la incomodidad y arriesgarse a ser denunciados por amenazas. Porque callar no van a callar a nadie

Incómodos se sienten los que sueltos de huesos firmaban contratos y manejaban recursos públicos de tal forma que ahora son inspeccionados por la Contraloría o la Fiscalía. Ellos están especialmente incómodos cuando la prensa toca su puerta para preguntar qué pasó, por qué, por cuánto y quién estaba al tanto de todo.

Incómodos son los periodistas, entonces. Tanto que hay quien cree que la forma de acallar las acusaciones o señalamientos de los entes de control no es defenderse en las instancias legales correspondientes, sino enviando recados a los medios sugiriendo tener cuidado.

En realidad es tapar el sol con un dedo o, peor aún, alimentar más la curiosidad. Pero, más allá del efecto que puedan producir en el periodismo ese tipo de advertencias, lo que demuestra es la piel tan fina con la que se presentan los altos cargos ante sus responsabilidades. Si uno se ve capaz de usar el dinero de todos los ecuatorianos en proyectos de interés general, debe saber que desde el momento en que acepta el puesto habrá millones de ojos puestos en sus decisiones. No solo los de la prensa o los entes de control, sino los de todos los ecuatorianos. Si uno no está dispuesto a ese escrutinio, mejor que se quede en casa. Y así se ahorran la incomodidad y arriesgarse a ser denunciados por amenazas. Porque callar no van a callar a nadie.