Editoriales

Desbocados

Hace falta que desde el hogar se inculquen el respeto y la cortesía, que se refuercen en las escuelas con la enseñanza de materias como cívica y educación vial, y que se incluyan de alguna forma en el examen para sacar la licencia’.

Nada denota más la falta de respeto y de consideración que imperan en nuestra sociedad que la forma de manejar del guayaquileño. Siempre va de prisa. Acelera. No sabe ni a dónde va. Pero tiene que rebasar al carro de al lado. Se pone en la mitad de dos carriles, aunque ni así podrá adelantar, pero le cierra el paso al vehículo de atrás y se da por satisfecho. Y si otro conductor comete un error, descargará en él toda la hostilidad que lleva dentro con gestos y frases hirientes, llegando incluso a detenerse en la mitad del tráfico sin importarle que con ello generará un embotellamiento. Jamás cede el paso y al ver la luz amarilla acelera para no tener que esperar y llegar más rápido al siguiente semáforo, que desde donde se encuentra ya alcanza a distinguir que está en rojo. Y no importa si el conductor de adelante es una persona mayor y se demora en arrancar al cambio de luz, el guayaquileño le “pitará” automáticamente.

Hace falta que desde el hogar se inculquen el respeto y la cortesía, que se refuercen en las escuelas con la enseñanza de materias como cívica y educación vial, y que se incluyan de alguna forma en el examen para sacar la licencia de conducir, cuya obtención debe ser ética y legal. Hay que desterrar la viveza criolla, la sapada y la falta de cultura.