Editoriales

Democracias bajo asedio

Lo que sucede en Colombia permite extraer grandes lecciones sobre tareas pendientes y sobre cómo enfrentar las crisis’.

De tiempo en tiempo, ahora Colombia, los países latinoamericanos vienen sufriendo manifestaciones de profundo descontento en cuyo origen, no cabe duda, está el hambre incentivada por la angustia económica que ha incrementado la pandemia de COVID-19. Bien decían los teóricos clásicos y contemporáneos respecto a la democracia: esta se sustenta en el respeto al derecho. No hay democracia sin derecho, y no hay derecho sin democracia. Construir democracia requiere garantizar derechos a los ciudadanos que la sustentan con su voto y su participación. No hay democracias sin elecciones pero, las elecciones no son la democracia. En ese contexto doctrinal conviene llamar por su nombre a quienes aprovechando el descontento y la legítima protesta social imponen su vandalismo: son guerrilla urbana. Detrás de ella, financiándola, están oscuros intereses político-delincuenciales.

Por eso, compartiendo el esfuerzo por resolver las carencias que fomentan el malestar de la democracia en América Latina, sus gobiernos deben tener tolerancia cero con quienes pretenden destruirla, o tomársela, utilizando los mecanismos que la democracia provee. Una cosa es respetar el derecho a la protesta y otra tolerar la destrucción de unas democracias en construcción. Las ideas no se defienden solas.