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Y cuando le reclamamos la indecencia, la falta de un mínimo decoro, nos mira con cinismo y nos dice tan suelto de huesos: “pero si ya me conocen, ¿para qué me invitan?”

El Plan de Vacunación empezó a toda pompa en Ecuador. Una entusiasta vicepresidenta, que quiero creer es la persona más ingenua de este mundo, anunció que la campaña se iniciaba con la inscripción de los adultos mayores del país. El asunto parecía sencillo: se accede a la página web del Plan, un clic aquí, otro allá y listo, queda inscrito. Nadie dijo bien qué venía después. Los detalles puntuales de cuándo, dónde, quién, cómo. Lo importante era anunciar que la cruzada que nos salvará de la pandemia había comenzado.

Pero pasó lo que pasó. Ni siquiera el asunto más sencillo estaba bien. Si usted ahora mismo entra en www.planvacunarse.ec accede a una página llena de propaganda. “119 mil ya han sido vacunados”, dice. Pero cuando quiere saber dónde están esos afortunados, la página lo lleva a otra que trae la misma cifra. Fin del cuento. Y si quiere registrase para ver si le sale la lotería, la página se cae. Y así vamos.

La opacidad del Gobierno en comunicación es vieja como el mar, y heredada de quienes lo impusieron. Pero ha llegado a límites impensados. El que debe ser el objetivo más importante de cualquier régimen medianamente decente, está reducido a un cuento de mal gusto. ¿Cuál es la solución? Seguir presionándolo para que entregue el permiso de importarlas. Si lo hizo con el Club Rotario, más allá de los peros que le podamos ver a ese proceso, ¿por qué no lo viabiliza con cabildos que demuestren estar preparados?

Hay que repetir el dato porque los insensibles tienen orejeras: más de 500 mueren al mes, solo en Guayaquil, mientras las vacunas no se aplican.

El Gobierno seguirá siendo inepto y oscuro, ese es su ADN. Creer en cualquiera de sus propuestas es una falla nuestra, no suya. Con él cabe el chiste del beodo al que invitamos a la boda porque lo elegimos como amigo en mala hora. Va puntual, se emborracha en dos patadas, se toma hasta el agua de los floreros y hace mil destrozos porque se cree el alma de la fiesta. Y cuando le reclamamos la indecencia, la falta de un mínimo decoro, nos mira con cinismo y nos dice tan suelto de huesos: “pero si ya me conocen, ¿para qué me invitan?”.