Vacunar a la desinformación

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Vacunar a la desinformación

Ahora quieren jugar con nuestra salud y paciencia con una vacuna más lenta que un bolero. Y sin la que ellos debieran tener contra un virus muy peligroso: la desinformación.

Por si hace falta aclararlo: estamos ante la más grave crisis social y económica que hemos sufrido como país. Los estragos de la pandemia son tan severos que falta espacio para solo enumerarlos: 50 mil muertos al menos, medio millón de desempleados, sueldos reducidos, y endeudados como nunca antes en nuestra historia. Son ejemplos. Casi no hay hogar que no sienta el deterioro de sus expectativas y su calidad de vida.

Una crisis así demandaba dirigentes a tono. No los hemos tenido: su pobreza moral e intelectual es de catálogo. Y estamos a las puertas de que vuelvan a vernos la cara, mientras nuestra proverbial inercia, seña de nuestra identidad ecuatoriana más profunda, hará su tarea como tantas veces. Como si no fuera con nosotros, con usted, conmigo.

Anunció el Gobierno que vienen las vacunas contra el virus. Ayer debía llegar el primer cargamento. Semejante noticia la redujo a un boletín y cuando uno lo lee se entiende por qué no dio la cara: no dio ningún otro dato y se trata de algo que ameritaba un ejercicio de transparencia de altísimo nivel. Hablamos de la posible salida a la gran tragedia, no del anuncio de que se va un ministro malo y llega otro peor.

No dio los datos esenciales: cuántas llegan, qué testeo previo se hará, quiénes y cuándo recibirán las dosis, en dónde. Pasó de decir que llegarían más de 80 mil hasta marzo a sostener que llegarán “menos de las que se esperaba”. Si las 80 mil equivalen apenas al 0,5 % de la población, y aplicarlas tomará un par de meses, resulta que vacunar al menos al 50 % de la población tomaría casi 17 años... Presente dijo la tortuga.

¿Y las pruebas previas para ver si los beneficiados están aptos? ¿De dónde son? ¿Están comprobadas? ¿Cuántas hay en existencia? Somos uno de los pocos países que no hizo ni lo elemental: un verdadero plan piloto, con miles de voluntarios, para medir eficacia y confiabilidad del remedio.

Ya se repartieron los hospitales y los saquearon sin piedad. Ahora quieren jugar con nuestra salud y paciencia con una vacuna más lenta que un bolero. Y sin la que ellos debieran tener contra un virus muy peligroso: la desinformación.