Columnas

La simulación perversa

"En nuestras cárceles no hay vigilancia ni orden. Los guardias son adornos que conviven con los verdaderos vigilantes: los narcos..."

La masacre del martes pasado en varias cárceles ecuatorianas muestra la degradación que genera la ausencia de institucionalidad. El Estado es, en teoría, el nivel más alto de organización que tienen los pueblos; el modo de lograr que sus intereses se viabilicen a través de la ley y la justicia. El Estado es la representación de todos y quienes lo dirigen son los ejecutores de un marco de convivencia que busque la igualdad de derechos y oportunidades.

Cuando esa organización naufraga, el pueblo pierde límites y referentes, y la posibilidad de que se instaure el caos es real. Eso pasa en México, país fallido porque casi medio territorio lo controlan los narcos. Pasó en Colombia cuando otros narcos, que de guerrilleros solo tenían la boina, secuestraron franjas de su territorialidad e impusieron su ley de drogas, extorsión y muerte.

Puede suceder en Ecuador. Lo que el Estado hace en las cárceles es una simulación del control. En cuanto se pasa del perímetro externo, lo que sucede adentro no le compete. No hay vigilancia ni orden. Los guardias son adornos que conviven con los verdaderos vigilantes: los narcos.

Allí todo es un negocio: la elección de la celda, el servicio de comida, el lavado de ropa, la distribución de vituallas. Se alquilan sábanas, colchas, teléfonos celulares; se presta “seguridad”; se expende víveres; se vende armas; se consigue atención médica. Nada deja de costar y los precios son elevados: el billete que más circula es el de US$ 10; el de 1 dólar no sirve ni para comprar una galleta, ¡una sola!, que afuera vale 10 centavos.

Esos negocios tributan peaje. ¿A quiénes les pagan los cabecillas para que en las narices de los ‘guardias’, o sea del Estado, se trafique de todo? Y pobre del director que se oponga: dura dos días en el cargo o le susurran que su vida es frágil. Y la de su familia…

La rehabilitación penitenciaria es un chiste perverso. Cualquier posibilidad de recuperación se anula en cuanto alguien pisa esos centros de perversión. Allí no entra el Estado porque simula controlar lo que no controla. Y son la demostración de que el infierno no queda donde nos contaron.