Lo que no fue, no será

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Lo que no fue, no será

Los ladrones, cuando lo son, no se vuelven honestos de la noche a la mañana ni hay virgencita que se les aparezca y los redima en un parpadeo...’.

Nada como los momentos de prueba para definirnos. En la derrota, serenos o dramáticos; en la bonanza, soberbios o tranquilos; en el riesgo, valientes o cobardes. Después de enfrentar ese momento, ya sabemos lo que somos. Y los demás, también.

El presidente Guillermo Lasso acaba de enfrentar un momento de prueba. Y ha dejado sus señas particulares, interpretables. Su reciente pulso con una Asamblea donde casi nadie sabe hablar o escribir bien, aunque algunos hacen méritos para seguir el consejo de “robar bien”, fue uno que marcará su período. Ha decidido gobernar en medio del boicot al que lo someterá la oposición. O, como dice su nuevo ministro de Gobierno, Francisco Jiménez, buscar con ella “un diálogo eficiente”.

Es decir que va a negociar con los mismos asambleístas a los que el presidente denunció hace poco como chantajistas, inservibles para gobernar o evasores del Fisco. ¿Cómo le irá en su diálogo con los “ladrones y corruptos”? ¿Cómo le irá con aquellos que -son sus palabras- “piden “hospitales, empresas eléctricas, ministerios… o que nos les cobremos impuestos”?

Le irá, posiblemente, mal. Porque, si el jefe de Estado dijo la verdad, entonces su fracaso empezó desde el momento en que supo lo que eran y no los denunció, a la espera de que surja “un espíritu patriótico”, como lo definió su propio exvocero. ¿De quién era el gesto esperado? De los corruptos, claro. ¿Y no es corrupción el verla y guardar un calculador y cínico silencio? ¿O el usar la maquinaria del Estado para investigar a un opositor, solo cuando él no vota como quiere el Gobierno, por mucho que ese interés fuese correcto?

Le irá, previsiblemente, mal. Porque a poco de decirles lo que les dijo, Lasso se fue con todo y su cuerpo al monte. Por allá anda. Y porque los ladrones, cuando lo son, no se vuelven honestos de la noche a la mañana ni hay virgencita que se les aparezca y los redima en un parpadeo; ni los evasores se transforman en cumplidores. Ni los ineptos en capaces.

Nada como los momentos de prueba para definirnos.