El crimen del silencio

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El crimen del silencio

En los que saben, por destino y por instinto, que el peor crimen es el que se cobija en el manto cobarde del silencio.

Mario Vargas Llosa le hace preguntar a un personaje de Conversación en La Catedral: “¿en qué momento se jodió el Perú?” La interrogante cabe para (casi) cualquier país latino. El nuestro tiene tal rosario de calamidades que puedo decir: ¿en qué momento se jodió Ecuador?

Somos república casi al mismo tiempo que Costa Rica (que no tiene FF. AA. desde hace 70 años, por cierto) y mucho antes que Nueva Zelanda o Singapur, países con niveles de vida lejos del nuestro. Aquí la pobreza alcanza al 40 % de su gente; la mitad de su fuerza laboral no tiene empleo formal o carece de él; 2 de cada 3 familias no poseen vivienda digna o no la tienen; el 75 % de los casos de violación queda impune; 6 de cada 10 de sus mujeres serán violentadas en su vida alguna vez. ¿En qué momento nos jodimos?

Habrá quienes respondan que cuando vendimos hasta la bandera, o no supimos defender las fronteras porque adentro nos comíamos vivitos, o empezamos a elegir demagogos que son vulgares delincuentes. Hagan su elección, que el menú es extenso.

Creo que la debacle comenzó y se perpetúa cada vez que callamos ante la injusticia. Hemos sido una masa indolente que prefirió quejarse puertas adentro o que, ahora, se engaña porque cree que con un mensajito en sus redes salva el pellejo de su conciencia.

Hace una semana un crimen nos causó espanto. Y el microcosmos digital ardió de indignación… dos días. Una justicia sorda y lenta, una fiscal que es adorno, unos ladrones que pactan con el Gobierno, unos medios que no hurgan, unos ciudadanos que no reclamamos lo enterraremos en la impunidad. Como lo hicimos con tantos otros. ¿Que cuándo nos jodimos? Pues cada vez que debimos actuar y no lo hicimos.

Y, sin embargo, me aferro a una esperanza. No en nosotros, los que lo jodimos. Sino en los jóvenes que no están contaminados. En los que aun tendrán el coraje de honrar la altura de sus sueños. En los que tienen una causa y la defienden, en los que se resisten a un presente miserable y planean, luchan, hacen, intentan. En los que saben, por destino y por instinto, que el peor crimen es el que se cobija en el manto cobarde del silencio.