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Si no renuncia, a revocarlo

Y si el Concejo no lo destituye, los ciudadanos de Quito deben pedir su revocatoria. Pero esto no puede seguir así: Quito no se lo merece.

No puede ser una sorpresa para nadie: sabíamos exactamente, con anticipación, qué clase de negociante era Jorge Yunda y cuáles eran sus verdaderos intereses. Mucho antes de que se postulara para alcalde, ya fue suficientemente documentada la impudicia de sus métodos para acaparar frecuencias de radio y televisión burlando los controles de la ley o sirviéndose de ella. Oportunamente se había demostrado cómo se valió de su paso por el sector público, como presidente del Consejo Nacional de Radio y Televisión del correísmo (Conartel), en flagrante conflicto de intereses, para ampliar su imperio mediático. Y cómo puso ese imperio al servicio de sus ambiciones políticas. El vicealcalde Santiago Guarderas podrá hacerse el loco todo lo que quiera. Podrá decir, ahora, recién ahora, como si acabara de conocerlo: “Fuimos equipo hasta que la corrupción entró a su administración”; y saltar al ruedo de la ejemplaridad pública al grito de “A partir de este momento yo soy un luchador frontal contra la corrupción”. La frontalidad es algo que se agradece siempre, claro, pero nomás para que conste en actas: llega tarde.

Hoy la Alcaldía de la capital de la República es un saco de alacranes. ¿Alguien imaginó que podía ser de otra manera? Pruebas médicas que se usaron a sabiendas de su ineficacia en plena pandemia; secretarios municipales a disposición de los negocios del hijo del alcalde, hoy convenientemente fuera del país (¿ya podemos llamarlo prófugo?); tráfico de influencias hasta en el proyecto emblemático del metro; millones de dólares en pérdidas… Y un alcalde con grillete electrónico, que es más de lo que cualquier ciudad debería soportar. Acostumbrados como nadie al uso de semejantes artefactos, los correístas lo han mantenido a flote hasta el momento pero incluso ellos parecen haberse cansado. ¡Cómo será el escándalo para que hasta los correístas le den la espalda! Hoy, al alcalde de Quito le llueven los pedidos de renuncia pero él se aferra al cargo con la desvergüenza de los viles.

Dice que sus problemas con la justicia son suyos y de nadie más. Suyos y de los jueces. Hay que ser cínico. Yunda lleva semanas huyendo del Consejo Metropolitano (huyendo, sí, así de indigno) e impidiéndole sesionar. Citando a los concejales a lugares de reunión inverosímiles, como el mercado de Chiriyacu, donde se reserva la posibilidad de esconderse detrás de sus fuerzas de choque y escapar cobardemente. ¿Acaso esas son formas de gobernar una ciudad? No, los problemas del alcalde no son con la justicia (que también): son con Quito y con los quiteños.

Hay que decirlo con todas sus letras: Jorge Yunda ha demostrado no tener el mínimo sentido del honor. Y en su bajeza, en su ambición y su arribismo, no duda en arrastrar a la ciudad por el fango en el que habita. No duda en someterla a la incertidumbre de la crisis política, en conducirla a un estado de caos del que pueda, él, sacar algún provecho. Malos alcaldes no le han faltado a Quito (más aún: en los últimos años han abundado), pero alcaldes inmorales… Eso lo acaba de inaugurar Jorge Yunda.

Es imperativo: debe renunciar. Si no por honor, que no tiene, al menos por orgullo. Y si no renuncia, el Concejo Metropolitano debe iniciar el trámite para destituirlo, con el recién adscrito a la causa contra la corrupción, Santiago Guarderas, a la cabeza del proceso, qué remedio. Y si el Concejo no lo destituye, los ciudadanos de Quito deben pedir su revocatoria. Pero esto no puede seguir así: Quito no se lo merece.