Columnas

Distopía de la vacuna correísta

¿Alguien puede tener dudas de que la vacunación se utilizaría como un mecanismo de premio y castigo políticos en un régimen correísta?

Cuando la ministra de Salud, Ximena Garzón, anuncia que para septiembre probablemente empezará la vacunación de los niños menores de 12 años, uno se pregunta en dónde estaba la dificultad que tuvo a sus tres o cuatro antecesores sin ser capaces de dar un palo al agua durante los últimos meses del gobierno anterior. Ni siquiera un plan de vacunación pudieron diseñar mientras nos mentían que había uno muy bueno y se dedicaban a vacunar a los amigos. ¿Cómo olvidar a Juan Carlos Zevallos? Él empezó por invitar a una cierta élite académica y de opinión (rectores, expresidentes, periodistas notables…) a vacunarse primero, política de la que no renegaría la autoridad sanitaria nazi salvo que, en su caso, no se trataba de un expediente para el mejoramiento de las condiciones intelectuales de la raza sino de una simple estrategia de relaciones públicas. Porque ese es el punto: ese mundillo de fidelidades y relaciones inconfesables que llevó a Lenín Moreno a la Presidencia (y que él ejerció hasta el último día desde ahí), es el alma del partido que nos gobernó durante 14 años en sus dos versiones. Alianza PAIS hizo de las políticas públicas un embudo. Y la vacunación también.

No es ocioso (en tanto se trata de la primera fuerza política de la Asamblea Nacional, desde donde continúa dando lecciones de cinismo) plantearse la distopía de la vacunación correísta. Imaginar, por un momento, que el bien mandado Andrés Arauz ganó las elecciones y el proceso de vacunación contra el COVID quedó en sus manos. ¿Cómo sería? El partido político que convirtió en humo los fondos para la reconstrucción de Manabí y Esmeraldas tras el terremoto, los angelitos que se inventaron la multiplicación de los estados de emergencia y el esquema del giro específico del negocio para subcontratar hasta el infinito y robar sin límites, los que convirtieron el Estado en una agencia de colocaciones para los amigüis, ellos, frotándose las manos ante el jugoso negocio de la compra, distribución y colocación de vacunas, con las campañas de comunicación correspondientes, el transporte de las brigadas médicas, los servicios de cáterin y hasta las tarimas, cómo no, porque un Fernando Alvarado con la calculadora en la mano sería capaz de cualquier cosa. ¡Cuántos estados de emergencia podrían declarar! ¡Cuántos contratos a dedo se prepararían para firmar! ¡Cuántos subcontratos!

Mientras tanto, buses y buses de subempleados y lumpen proletarios canjearán la vacuna por su presencia activa en las manifestaciones masivas de apoyo al régimen. Y Guillermo Lasso y otros líderes de oposición tendrán que ir a buscar la suya en el extranjero. Recuérdese la lista que despachó en campaña Rafael Correa: Lenín Moreno y algunos de sus funcionarios, Fidel Egas y los directivos de Teleamazonas, los pelagatos, Boscán, Vivanco y una fila larga de periodistas de todos los medios, seguramente la fiscal Diana Salazar y el juez Iván Saquicela, de cajón Fernando Villavicencio… Para ellos solo habrá vacunas a precio de oro en el mercado negro, que sin duda florecerá como florecieron todos los negocios ilícitos durante el correísmo. ¿Alguien puede tener dudas de que la vacunación se utilizaría como un mecanismo de premio y castigo políticos en un régimen correísta? Francamente, es un alivio que perdieran las elecciones.