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Un año después, todo igual

"Los talibanes amenazan con nuevos episodios de terror y de violencia, similares o peores que los de octubre pasado, y la izquierda menos radical ni se entera"

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"Mientras tanto, la izquierda que debiera detener ese proceso, paralizada, sólo atina a considerar cuán complejas son las cosas"Adrián Peñaherrera

Cuando las cosas se pongan peor, la izquierda ecuatoriana tendrá que cargar con la responsabilidad de su silencio: un año después del mayor estallido de violencia social que recuerde esta generación, violencia social azuzada por sus propios militantes, ella continúa negándose a considerar, como una posibilidad siquiera, el debate sobre la violencia. Dirigentes talibanes que siguen en la impunidad amenazan con nuevos episodios de terror, similares y aún peores, y ella continúa mirando para otro lado, desestimando la importancia de la amenaza con la muletilla, disfrazada de eficiencia académica, de que “las cosas son más complejas”. Los mariateguistas que apuestan por la vía de las armas y la revolución cultural de corte maoísta se han tomado los principales espacios del poder del movimiento indígena, los cargos directivos de la Conaie, sus medios de comunicación alternativos, su aparato de supuestos organismos defensores de derechos humanos, sus brazos estudiantiles, sus juventudes… Sin embargo, continúan siendo un tabú del que la izquierda menos radical se niega a hablar. Es como si no existieran. Y ni siquiera después de que la Conaie decidiera retirar su apoyo a los candidatos de Pachakutik (un gesto inédito en la historia del movimiento indígena) los altos dirigentes, los intelectuales, las autoridades de la tendencia se digna reconocer en público que algo está pasando.

Irresponsables. Pusilánimes. Cobardes. Una amenaza real se cierne sobre la democracia y ellos juegan a no verla. ¿O acaso suscriben los desvaríos sobre el comunismo indoamericano que propone Leonidas Iza en el libro que acaba de publicar sobre los hechos de octubre? Intelectuales de izquierda que han callado durante tanto tiempo, ¿piensan aprovechar la oportunidad que ese libro les ofrece para debatir, disentir y distanciarse públicamente de los violentos? Políticos y dirigentes indígenas como Yaku Pérez y los demás candidatos de Pachakutik, ¿no van a decir media palabra de este grupo que ni siquiera los apoya? ¿Hasta cuándo la izquierda conservará ese prurito de la clandestinidad según el cual los trapos sucios se lavan en casa y los temas de interés general se escamotean del debate público? ¿No han aprendido que ni los trapos se lavan ni los debates se resuelven en las asambleas? Irresponsables. Pusilánimes. Cobardes.

Domingo pasado, estudio de Teleamazonas, programa “Hora 25”: que no hay división en el movimiento indígena, dice la coordinadora de Pachakutik Cecilia Velasque, que lleva meses sorteando boicots, conspiraciones y hasta puñetazos; que “las diferencias no son sinónimo de conflicto”, dice el historiador y exdirigente de la Conaie Floresmilo Simbaña, y añade que “las cosas son más complejas”, como si fuera el iluminado poseedor de un secreto que escapa a nuestra comprensión. Todo eso, con el debido respeto, es basura. La realidad es que el movimiento indígena ha entrado en una deriva que ya transitó el senderismo en el Perú y solo se salda con sangre. Con la diferencia de que el senderismo no contaba con el concurso de un movimiento de la dimensión de la Conaie, con capacidad de movilización y bloqueo nacional. Mientras tanto, la izquierda que debiera detener ese proceso, paralizada, sólo atina a considerar cuán complejas son las cosas. Después se quejan de que se los llame mamertos.