Para toda la vida

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Para toda la vida

Pero sea como fuere, está por venir (si no está aquí ya) la primera generación que tendrá a sus abuelos tatuados. Para toda la vida

Cuando la mayor de mis hijas me dijo que quería hacerse un tatuaje le respondí que cuando cumpliese 18 estaría en libertad de hacerlo; pero siempre bajo la conciencia de que -por lo menos en teoría, aunque cada vez menos- los tatuajes son permanentes. Un tatuaje te acompaña toda la vida. En aquel tiempo yo no llevaba ninguno.

Desde luego, al cumplir 18, se tatuó. Y 8 años más tarde tiene más de 25 tatuajes... y no solo eso, sino que (además de ser abogada, ‘influencer’, experta en maquillaje social y de efectos especiales, ‘YouTuber’, y de haber pasado por ‘corssfit’, fotografía y artista en óleo y acrílico) hoy tatúa.

“Papi, pórtate bien, hazme caso”, me decía ayer en paradójica y deliciosa ironía mientras me clavaba las agujas de su máquina en la piel, pintándome permanentemente mi undécimo y duodécimo tatuaje. Le había dicho que antes de usarme como lienzo, prefería esperar a que arruine a algunos de sus amigos para que practique. Finalmente no ha arruinado a nadie, y tatúa cada vez mejor.

En 1991 fue descubierto Otzi, el hombre de hielo, en un glaciar de los Alpes, quien vivió circa 3300 a. C. Prisionero del hielo, se conservó en buen estado; lo suficiente como para descubrir que llevaba 61 tatuajes. Dicen los entendidos que puede tratarse de rezagos de acupuntura incluso. Desde entonces, evoluciona todo, pasando por las sacerdotisas egipcias (2000 a. C.), la prohibición de Constantino de tatuarse la cara (316), la marcada de prisioneros con tatuajes en Japón (720), en un largo camino hasta que en 1846 M. Hildebrandt abre el primer estudio de tatuaje en Nueva York.

Sin embargo, el estigma del tatuaje resultaba muy difícil de superar. Eran la marca de marineros de vidas desordenadas o presos en las cárceles.

Hoy el mundo es otro. Ese estigma se ha evaporado en los últimos años; y pese a que siempre habrá detractores (después de todo la piel es un órgano, el más grande del cuerpo) el rechazo ha dado paso al arte.

Y a pesar de que siempre habrá gente que se arrepienta de haberse tatuado (entre el 15 y el 20 % dice la estadística)... por lo general son aquellos que se tatuaron nombres de otras personas (‘Hint: don’t’).

El hecho de que un tatuaje sea “para siempre” o que por lo menos esté imbuido con aquella mística característica de la permanencia, vuelve sumamente interesante el proceso de análisis y las decisiones de quien opta por tatuarse. Entran en juego una serie de factores que te hacen bailar entre la indecisión y la convicción, porque al final del día estás buscando algo que merezca la pena, con significado y valor: vas tras aquello que represente y defina algún elemento trascendental en tu vida... porque te va a acompañar siempre.

Yo me demoré un año aproximadamente en encontrar el diseño para mi primer tatuaje (tomar nota: si ya lo estás pensando, o buscando diseños, casi estás en el punto de no retorno; y como me dijo mi primer “tatuador”: ese tatuaje no lo eliges tú... te elige él a ti) y cuando finalmente encontré la imagen que “buscaba” -o me encontró ella- la decisión la tomé en ese segundo.

Desde luego, puedes llegar a tener tantos tatuajes que ya el siguiente bien puede ser la imagen de un sándwich de mortadela. Pero sea como fuere, está por venir (si no está aquí ya) la primera generación que tendrá a sus abuelos tatuados. Para toda la vida.