Juan Carlos Díaz Granados | Cuando la coherencia incomoda
Hoy, más que nunca, la ética democrática exige coherencia, no excusas ni silencios cómplices
El Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado ha revelado una contradicción profunda dentro del progresismo internacional. Allí donde cabría esperar solidaridad con una mujer que ha defendido pacíficamente la libertad de un país oprimido, muchos sectores han optado por el silencio o la descalificación. La reacción resulta sorprendente: una líder democrática, perseguida por un régimen autoritario, recibe el máximo reconocimiento global a la lucha cívica y, lejos de unir a la comunidad internacional, despierta incomodidad en quienes se autodefinen como defensores de los derechos humanos.
Desde que se anunció el galardón, varias voces progresistas -sobre todo en Europa y América Latina- han cuestionado su idoneidad. Algunos la han acusado de representar intereses “impropios” de un premio pacifista; otros han insinuado que la distinción se politizó al entregársela. Estas críticas no parten de un análisis objetivo, sino de viejas fidelidades ideológicas que dificultan reconocer la naturaleza represiva del régimen venezolano.
La postura del propio gobierno de Venezuela es aún más elocuente. Su fiscal general ha advertido que, si Machado sale del país para recibir el premio, podría ser considerada “fugitiva”, bajo el pretexto de investigaciones penales fabricadas. Criminalizar a quien es reconocida mundialmente por su defensa cívica de la libertad desnuda la naturaleza del Estado que la persigue.
Frente a hechos tan claros, la respuesta debería ser unánime: la libertad y los derechos fundamentales no aceptan excepciones ideológicas. Sin embargo, una parte del progresismo prefiere relativizar la persecución, justificando o minimizando abusos cuando provienen de gobiernos con los que simpatiza. Este doble rasero es quizá la revelación más incómoda que deja el Nobel: para algunos, la defensa de la democracia es selectiva.
El premio a María Corina Machado no solo reconoce su valentía; expone las incoherencias de quienes callan ante la opresión cuando esta proviene del lado ‘correcto’ del espectro político.
La verdadera vergüenza no está en celebrar a una mujer que defiende la libertad, sino en la incapacidad de ciertos actores para hacerlo sin condiciones.
Hoy, más que nunca, la ética democrática exige coherencia, no excusas ni silencios cómplices.