La peste, de Albert Camus

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La peste, de Albert Camus

Camus había muerto ya prematuramente y Sartre envejecía ostensiblemente.

Cuando inicié hace décadas mis primeros estudios universitarios, La peste, de Camus, era un libro que había que leer porque se lo sentía extrañamente contemporáneo a la problemática vital que comenzábamos a vivir. Esta novela o crónica, como prefiere llamarla su autor, fue publicada con enorme acogida del público por la editorial Gallimard en 1947. Diez años más tarde exactamente, un sorprendido Camus recibiría el Premio Nobel de Literatura. “¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico solo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada… podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto y solo, a plena luz?”.

Cuando apareció la primera edición de La peste, comenzaba a endurecerse la Guerra Fría y a polarizarse el mundo intelectual entre los que se llamaban “comprometidos”, es decir, los intelectuales de izquierda, y los otros, los escritores liberales a quienes se tildaba de defensores del sistema. Sartre contra Aron. Solo que los primeros, los intelectuales de izquierda, llevaban una ventaja: al erigirse en críticos del sistema, asumían el papel de fiscales inquisidores frente a los otros que debían probar su honradez política y personal.

Medio cuarto de siglo después La peste, y en general la obra de Camus, que era accesible en esa época, mostraba que la honradez es la clave de lo humano, fundamental para no sucumbir a los maremotos de la época. Pero se es honrado consigo mismo, insiste Camus, solo si en la generosidad del yo que duda, aparecen los otros. No ser fiscales ni profetas sino simplemente hombres. Camus había muerto ya prematuramente y Sartre envejecía ostensiblemente.

En marzo de este año, las ventas de La peste despegaron en Europa astronómicamente. Los críticos la recomendaron. En las pandemias y las pestes se destruye físicamente la vida, se destruyen las rutinas donde se asienta buena parte de la confianza y sale a flote lo mejor y lo peor de los seres humanos. Y sin embargo algo se aprende en las plagas: que “hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.