Columnas

Sin explicaciones

El resultado es que nadie entiende lo que está pasando, y cada uno tiene entonces derecho a plantear cualquier interpretación...

Alguien comentaba el otro día en una reunión informal de personas dedicadas a las ciencias sociales y a la filosofía, que la otra cara de la impunidad de nuestro tiempo es la política de hechos consumados, que se anuncia a través de los titulares de los medios de comunicación y que no van más allá de ampliar brevemente la noticia o repetirla con más palabras. El resultado es que nadie entiende lo que está pasando, y cada uno tiene entonces derecho a plantear cualquier interpretación, desde la más antojadiza a la más aparentemente racional, sin que por ello termine la ignorancia sobre lo que realmente está sucediendo. Peor aún, no hay consenso. Paradójico: “ahora que solo hay interpretaciones”, como decía Nietzsche, no hay ninguna que nos convenza. 

Uno de los interlocutores a la reunión a la que me refería, alegó que esta era la condición de nuestro tiempo, si es que se puede seguir hablando pomposamente así, la de los hechos consumados, más allá de los cuales no hay que preguntar nada. Una especie de justificación casi cien años después de la famosa frase con que el I Wittgenstein terminó su “Tractatus”: “de lo que no se puede hablar, hay que callarse”, y de lo que se puede hablar exclusivamente, es de los hechos consumados.

Los que han intentado dar, en cambio, una explicación que vaya más allá de las interpretaciones, no han tenido mucha suerte. Me refiero a los “modernos”, entre los que habría que comenzar por Hegel. En el siglo XX, Spengler, que preside la ola de los pensadores que creen que Occidente se acerca a su declive. Arnold J. Toynbee, cuyo Estudio de la Historia es casi una pieza arqueológica de escasa consulta, excepto para hacer una tesis sobre cómo se hacía esa disciplina en la primera mitad del siglo pasado. 

El problema por supuesto es que de pronto aparece un Chávez, un Kirchner o un Galeano o un Boaventura de Sousa Santos, para hablar de los vivos, que recortan la historia al tamaño de su bolsillo y dejan sentada, de un puñetazo, de una vez por todas, su interpretación. No hay espacio para el azar ni para la libertad.