Columnas

Viva la vida

"¿Cómo podría humanamente entenderse que Dios, que es justo por antonomasia, decida injustificadamente “castigar” a un hombre bueno?"

Viva la Vida es probablemente una de las mejores y más exitosas canciones de la extraordinaria banda inglesa Coldplay. Su nombre es una exaltación a la vida, esa que, sin ser un lecho de rosas, resulta ser lo más maravilloso de la Creación. Su letra habla de esa nostalgia tan usual en aquellos reyezuelos defenestrados que tanto añoran el poder absoluto. La imagen del álbum es un cuadro muy representativo de la libertad, la famosa pintura de Eugène Delacroix que reposa en el Museo del Louvre de París: ‘Le Liberté guidant le peuple’ o La Libertad guiando al pueblo. El nombre completo del álbum: Viva la vida or death and all of his friends, o en castellano: Viva la Vida o la muerte y todos sus amigos, denota esa misteriosa paradoja que es que para que haya vida, inexorablemente debe haber muerte. Porque así como para apreciar la luz debemos conocer la oscuridad, para amar la vida debemos reconocer la muerte.

Este sábado me tocó vivir aquellos momentos que nunca quisiéramos vivir: el entierro de una persona muy querida y cercana. Son situaciones que hacen que nuestro espíritu se sensibilice y aflore esa empatía que nos hace humanos. En tan especiales circunstancias, me tocó oír las palabras mágicas de Paula, una linda joven de apenas 17 años quien, como oasis en un desierto y probablemente en el momento más duro de su corta vida, tuvo la serenidad y la madurez de consolar a los suyos diciendo: “La única respuesta que tengo para ustedes y para mí es que lo que no te mata te hace más fuerte. Donde hay amor, hay dolor, y donde hay dolor, hay amor”.

El Libro de Job del Antiguo Testamento es un poema escrito hace 2.500 años y donde las Sagradas Escrituras plantean algo que resulta inentendible a primera instancia: que Dios pueda permitir el sufrimiento de gente buena. Job era un hombre virtuoso, un fiel siervo del Señor, con una familia feliz. Según las Escrituras, un día se le apareció Satanás a Dios para plantearle un reto; le dijo que los hombres éramos pecadores e interesados y que Job lo amaba solo porque Dios le había entregado todo, y que si Él se lo quitara, Job lo maldeciría. Dios toma el reto; atormenta a Job llenando de úlceras su cuerpo, devasta su casa y su ganado, hasta finalmente matar a sus hijos. Job, en el más profundo dolor, permanece fiel y nunca ofendería a Dios, aceptando su duro destino. ¿Cómo podría humanamente entenderse que Dios, que es justo por antonomasia, decida injustificadamente “castigar” a un hombre bueno?

La respuesta resulta ser más sencilla para los creyentes que para los agnósticos y pasa por aquella esperanza de que en la eternidad abandonaremos para siempre este valle de lágrimas y gozaremos del reencuentro, ahora sí eterno, con los que ya partieron. Eso está prometido en las Escrituras y el secreto está en simplemente querer creerlo. Hasta entonces la ilusión tendrá que esperar porque hoy que cumplo 55 años quisiera celebrarlo diciendo “viva la vida” y recordando las maravillosas palabras con las que Paula comenzara el homenaje de amor a su madre: “¿Qué pasa si quitamos la esperanza? Sin esperanza no hay sueños, sin sueños, no hay expectativas y sin expectativas, no hay futuro”.

¡Hasta la próxima!