El espíritu de la vacunación

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El espíritu de la vacunación

"Sin unidad de propósitos, estamos en riesgo. Superar la grave situación requiere un ejercicio de alta gestión democrática por parte de todos"

Enero viene duro. Hacer ese diagnóstico es fácil luego de transcurrida la primera semana. Si no trabajamos unidos en el propósito de sacar al país de los baches que impiden un tránsito acelerado hacía el progreso en libertad pero, con equidad, el periodo Lasso va a ser un periodo perdido.

Por eso, insisto en retomar el espíritu que alentó la posibilidad de realizar la hazaña (hazaña de la unidad de propósito) de haber vacunado a un alto porcentaje de la población sin contar con un sistema de salud organizado para la atención de tiempos normales, peor cuando sufrimos una prolongada pandemia.

Ahora deberíamos estar juntos en el propósito de crear empleo. Una reactivación económica que no crea empleos decentes no es tal. Por supuesto, no es sencillo encontrar acuerdos en el cómo hacerlo. Atrevámonos a discutirlo con lealtad y midiendo bien las consecuencias negativas y las positivas y también quién las va a sufrir o usufructuar. No podemos seguir poniendo las cargas sobre los mismos de siempre. Tampoco podemos insistir en lo mismo de siempre. Está probado que no funciona.

Partiendo de ese acuerdo, para que quienes están sufriendo por su imposibilidad de llevar pan a su casa con dignidad no se sientan ofendidos, me atrevo a plantear otra prioridad: la de crear ciudadanía. Ya lo he sugerido antes: no tenemos todos los ciudadanos que hacen falta, la mayoría son habitantes con cédula. Trabajan, los que pueden, pero no sienten la nación. Podrían estar en situación similar en Perú o en Colombia. El Estado no se hace presente sino para llevarlos presos o tumbarles sus precarias viviendas. No les da ni salud ni educación, ni esperanzas. Debería darles al menos ciudadanía, impulsar su desarrollo social incorporándolos a la vida nacional como actores relevantes. ¡Qué duro debe ser sentirse irrelevante! Saber que su voz no cuenta, que apenas si se escucha cuando se juntan las voces y se convierten en grito. ¡Qué duro no tener relevancia! Más se espera de un árbol de mangos.

Ahora, por supuesto, el grito atentaría contra el interés de todos, incluso el de quienes lo profieren.