Columnas

Rojo rastro de sangre

Ante estos feminicidios hay que destacar dolorosamente la consiguiente tragedia que producen entre la cantidad de niños que quedan en la orfandad.

Iniciamos hace pocos días el nuevo año, con dos ceros (pero no “a la izquierda”) y los dos primeros números pares en su cifra (2020) con lamentables augurios, no solamente en lo político, porque se trata de una temporada electoral por los comicios convocados para el siguiente año en que el correísmo amenaza con convertirse, de acuerdo a las declaraciones altivas de doña Paola Pabón, portando el “grillete de la dignidad” -como lo ha llamado-, en poderosa y peligrosa fuerza en la voluntad popular, sino también y sobre todo, por la suma de accidentes de tránsito y víctimas mortales en calles y carreteras del país, a lo que hay que añadir a los muertos que contabilizan los crímenes cometidos ya sea por sicarios contratados por los implacables narcos que no permiten deudas ni deslealtades (“la mafia no perdona”) o por razones pasionales que cada vez más agrandan la cifra de los feminicidios cometidos por parejas o exparejas de mujeres a las que se extermina.

Si de todo “suele darse en la viña del Señor”, como dicen los creyentes, el último crimen que deja como víctima a otra dama se cometió entre una pareja de convivientes del mismo sexo, lo que de cierta manera viene a completar el trágico panorama que nos estremece y nos preocupa. Ante estos feminicidios, pues, de tan diferentes causales, hay que destacar dolorosamente la consiguiente tragedia que se produce entre la gran cantidad de niños que quedan en la orfandad y que, incluso en muchos casos, suelen ser testigos del homicidio que se comete contra la autora de sus días, dejando en ellos traumas incurables que pesarán a lo largo de todas sus vidas.

Sin embargo de que el crimen apasiona, sobre todo por su misterio y la búsqueda de los autores del disparo mortal, la puñalada violenta o la asfixia desesperante en una tarea minuciosa que suelen resolver personajes ficticios pero atractivos como Sherlock Holmes, Poirot o Maigret, a los lectores de novelas policíacas en la realidad el tema no les agrada, sino que estremece y nos hace rogar, con cierto sentido místico, que estos violentos hechos de sangre no vuelvan a repetirse, Y a rogar también que los choferes se vuelvan más responsables (y no “vuelen”, sobre todo) cuando conducen sus automotores.