Aburrimiento bíblico

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Aburrimiento bíblico

No nos cuesta mucho seguir cuidándonos, por aburridos que estemos

En la tercera película de la saga de El Padrino hay una escena notable: Al Pacino (Michael Corleone), habiendo decidido abandonar la vida de gánster, recibe noticias de una traición y dice “justo cuando pensé que estaba fuera, me vuelven a meter”. Algo similar nos ha pasado a todos con ómicron. Hace algunas semanas pensábamos que quizá la pandemia ralentizaba y que las cosas podían volver con el tiempo a algo parecido a la normalidad, pero estábamos equivocados. Y volvimos a caer en el círculo del miedo. Hasta que un día despertamos y el temor no era el mismo.

Varios factores han contribuido a estar donde estamos. Primero, la facilidad de transmisión de la nueva variante es inaudita, inédita, pero su letalidad es significativamente menor (como natural y darwinianamente se esperaba). Por otro lado, muchos estamos vacunados. Además, precisamente porque el virus hace menos daño ahora, la gente no le teme ya como hace casi dos años. Pero hay otra razón...

Nos hemos vuelto menos sensibles a la enfermedad, nos hemos desensibilizado sistemáticamente. La desensibilización sistemática es una técnica de modificación de conducta; desarrollada por Joseph Wolpe en 1958, y aplicada esencialmente en el tratamiento de las fobias. Se trata de un procedimiento de extinción que se centra en exponer al paciente al estímulo fóbico para lograr la desaparición de la respuesta de ansiedad.

A lo largo de la pandemia hemos estado expuestos constantemente a noticias fatídicas respecto de los riesgos a la salud y la posibilidad de la muerte. Pero ha pasado tanto tiempo y hemos escuchado tanto de ello que no es mayor sorpresa que la ansiedad de la gente haya disminuido. Muchos no temen ya como antes, el episodio de la serie lo hemos visto incontables veces: se viene repitiendo desde hace casi dos años. Hemos vivido en terapia de exposición: una de las mejores para extinguir el miedo; y hemos llegado a asimilar que lo que antes nos paralizaba ya no representa la misma amenaza.

Hemos vivido las dos terapias: la de inundación, al principio de la pandemia (muertos en la calle y salas de cuidados intensivos llenas), y la de exposición los últimos meses. Cada oleada de noticias nos ha venido desensibilizando, y cada alarma -verdadera o falsa- nos ha condicionado para dejar de temer; es como si hubiésemos desarrollado anticuerpos contra el miedo, cuando el miedo es precisamente lo que nos motiva a evitar el peligro, pero nos motiva mejor a evitar el peligro inmediato, el que evidencia riesgo presente... y por eso nos hemos vacunado.

Las alarmas tienen sentido y cumplen con su tarea, pero la comunicación debe ser sensata y tener en cuenta que lo que menos se debe buscar es que la gente caiga en el aburrimiento bíblico y en la saturación en la que hemos caído.

Es cierto que estudios recientes indican que la variante ómicron será lo que quizá termine poniendo fin a la pandemia; después de todo, hay historia que sugiere que la gripe común empezó siendo mortal hasta que las mutaciones del virus la convirtieron en lo que es hoy... pero todavía no estamos allí, y no tenemos la bola de cristal.

Bien dijo G. Eliot: “hay una especie de celo que necesita muy poca lumbre; no alcanza a ser una pasión sino una plaga nacida en el gris y húmedo abatimiento del inquieto egoísmo”. No nos cuesta mucho seguir cuidándonos, por aburridos que estemos.