Lecciones de Chile

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Lecciones de Chile

Bochornos plagaron el trabajo de la Convención, entregándole un gigantesco caché de municiones a las huestes del rechazo, que lo usaron hábilmente

La historia no avanza en línea recta y todos los que pretenden cabalgarla terminan humillados. Mortificados y vencidos, los partidarios del cambio constitucional en Chile ahora pueden dar testimonio de eso. Porque si bien los triunfos del primer plebiscito, de las listas del apruebo y de Boric fueron señales de un momento histórico favorable que venía represándose desde la derrota de Pinochet, los momentos por su naturaleza tienen caducidad. Así también los mandatos, que aparte de no ser infinitos tampoco son incondicionales.

Pero la euforia que consumió al progresismo chileno con sus victorias en las calles y en las urnas los cegó a esas verdades. Los ánimos eran revolucionarios, había que romper con las estructuras tradicionales que gobernaban tímidamente y en alternancia con la derecha. Listas de independientes, o más bien de improvisados y oportunistas, llenaron el vacío que dejó una victoria de la izquierda casi ya sin los partidos tradicionales del centro hacia la izquierda.

Académicos doctos, activistas histéricos y hasta memes vivientes llegaron al sitio sacrosanto del poder constituyente, pero no supieron qué hacer. Bochornos plagaron el trabajo de la Convención, entregándole un gigantesco caché de municiones a las huestes del rechazo, que lo usaron hábilmente. Pero no solo las formas del proceso, sino también las del texto, se prestaron para generar desconfianza y animadversión.

Derechos codificados como de lista de deseos y cambios presentados de manera confusa, parecía que imitaban el experimento de Montecristi, con raras instituciones y jurisdicciones trastocadas. Pero en Montecristi no importaba qué barbaridad aprobasen, la nueva constitución era la iniciativa de un caudillo ascendente que gobernaba en condiciones favorables. En cambio, Chile es gobernado por un presidente de la nueva constitución y no al revés, que encima se enfrenta a crisis globales y domésticas a las que no les puede lanzar ni dinero ni lacayos.

Y son esas crisis lo que también olvidaron. Se quedaron en las plazas del estallido, enamorados de su propia fábula. Absortos, no pudieron ver cómo el resto de Chile se fue a preocuparse por otras cosas.