Confesiones de un joven ciudadano

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Confesiones de un joven ciudadano

Y quiero que los políticos, los buenos que quedan y que han de venir, me exijan ser diferente como se los exijo yo. También para ellos escribo esto

Soy un muchacho de 22 años, recién graduado de la universidad y lleno de anhelo por ver un Ecuador diferente. Estoy cansado de escuchar los análisis de los sepulcros blanqueados de la política nacional. Me frustra ver a un país atascado en el lodazal de las viejas costumbres que alimentan a la corrupción y el odio. En los ojos de muchos políticos y sus asesores, con esa poca información, soy el arquetipo del joven “moderno” que tanto buscan cautivar con malabares y ademanes importados. Para mí se quitan la corbata y dicen no tener ideologías. Si para mis abuelos pretendían ser devotos, para mí dejan a un lado lo que ahora llaman “creencias personalísimas”. Tratan de entretenerme, de serme accesibles, de caerme bien. Y me tienen harto.

Entre los políticos siempre ha habido demagogos e hipócritas, pero hoy se reducen a la indignidad de renunciar a su propia identidad. Antes tuvimos grandes políticos que eran desde sibaritas impenitentes hasta académicos aburridos, pero ahora buena parte busca transformarse en cada elección y fingir que ni siquiera son ellos mismos. No escriben ni parte de sus discursos, dejan que controlen cada aspecto de su comunicación y permiten que los vistan. Como marcas, son objetos vacíos que necesitan cambiar de contenido cada temporada para seguir en los catálogos. Hasta la Coca-Cola resulta más consistente.

Es más, en su mediocridad, ya ni siquiera les queda ambición. Si no buscan llevarse su pequeña fortuna, sus egos buscan el poder solo para protagonizar. Quieren cumplir sus sueños y sienten que es su momento de brillar como portavoces de las demandas del pueblo. Pero su mezquindad y pequeñez los desnuda. Ya nadie quiere cambiar la historia. Por eso es que se preocupan por cómo pensamos, pero no se atreven a proponernos una nueva forma de pensar. Sus revoluciones se adaptan al mundo y dejan de pedirnos que empecemos la revolución dentro de nuestras almas.

Me niego a aceptar esto. No soy un espectador, sino el soberano. No soy un consumidor, sino un ciudadano. Y quiero que los políticos, los buenos que quedan y que han de venir, me exijan ser diferente como se los exijo yo. También para ellos escribo esto.