Cartas de lectores

La medicina rural, un arte sacrificado

En esos ambientes hostiles y sin agua potable ejercitamos verdaderos milagros para salvar vidas o atender un parto.

La fundó Velasco Ibarra en su quinto mandato, 1968-1972, consciente de que los requerimientos en salud de quienes viven en áreas rurales son diferentes de los urbanos. El sacrificio del médico joven en un país como el nuestro se fundamentó allá por 1970, en la total carencia de equipos y deficiencia de insumos necesarios en poblaciones aisladas, muchas de ellas asequibles solo por vía aérea o marítima, luego de horas de travesía. 

En aquel entonces la Universidad Central sufría una de sus tantas clausuras, como las de García Moreno -1869, Veintimilla -1880, Juntas Militares -1964, 65 y 66, y Velasco Ibarra -1934 y 1970. El ministro de Salud Francisco Parra Gil fue quien nos permitió ejercitar el oficio rural sin un título bajo el brazo. La pericia y destrezas de quienes conformamos la Promoción 1970 fueron vitales en pueblos sin accesos racionales o carencia incluso de energía eléctrica, donde las habilidades suplieron equipos y artefactos que actualmente hacen más fácil un diagnóstico y tratamiento. 

En esos ambientes hostiles y sin agua potable ejercitamos verdaderos milagros para salvar vidas o atender un parto. Pobladores agradecidos por la salud y la vida reconocieron la abnegación de los galenos; al contrario, gobiernos irresponsables, hasta el momento, son cicateros y creadores de leyes y salarios ultrajantes al noble oficio de la medicina.