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Diario Expreso Ecuador

Ego y egocentrismo: ¿cuándo la confianza en uno mismo se convierte en un problema?

El ego puede impulsar la ambición y búsqueda de metas, pero también convertirse en egocentrismo. El desafío está en reconocer cuándo el “yo” deja de construir

El ego puede ser una fuente de confianza, pero también convertirse en egocentrismo cuando domina las decisiones.

El ego puede ser una fuente de confianza, pero también convertirse en egocentrismo cuando domina las decisiones.Canva

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El ego es parte del individualismo de cada ser, mientras que el egocentrismo es la actitud de quien pretende ser el centro de atención o del todo.

El ego no siempre es sinónimo de maldad o ambición. Bíblicamente, Jehová se identifica ante Moisés como “El Gran Yo Soy” (Éxodo 3:13-14), hecho que incluso algunos ateos interpretan como una expresión de egoísmo divino. Sin embargo, también puede entenderse como un sentido positivo del yo: reconocer quiénes somos, nuestras capacidades y aquello que podemos alcanzar.

Confianza, autoestima y ambición

Pensamientos como ‘yo sí puedo’, ‘yo lo voy a lograr’, ‘yo soy grande’ o ‘yo soy mejor’ pueden expresar autoestima, confianza y sana ambición. Estas cualidades permiten al ser humano plantearse metas, convivir, negociar y progresar.

El problema aparece cuando el yo domina la conciencia. El ser humano es un espíritu que habita un cuerpo y un mundo material, y puede sucumbir al ego cuando actúa como un niño que grita: ‘Quiero ese juguete, eso es mío’. Así, personas que alcanzan posiciones de poder -presidentes, líderes, empresarios o guías- pueden caer en el egocentrismo, el control, la manipulación y la desconfianza.

Se convierten entonces en una especie de ‘Kiko’ de El Chavo del 8, imponiendo su razón, orgullo y prioridades sobre valores espirituales esenciales: ser, servir y compartir.

El peligro de convertir el ego en el centro

En este desequilibrio de la psiquis y la conciencia moral, grandes personas pueden caer en la ambición desmedida y terminar destruyendo sus relaciones sociales, laborales y redes de negocios.

El poder se pierde cuando se pretende controlar a quienes nos rodean y obligarlos a pensar y actuar como nosotros.

Por el contrario, el ser humano verdaderamente próspero recuerda que es uno más entre muchos y que solo “El Gran Yo Soy” está por encima de él (Mateo 6:3). No juzga ni cuestiona constantemente a sus semejantes: los escucha, los guía y les brinda oportunidades para desarrollar sus talentos (Mateo 25:14-30).

El verdadero grande busca hacer el bien sin mirar a quién ni esperar recompensa. Comprende que la prosperidad no consiste en poseerlo todo, sino en compartir, servir y extender el bien a los demás.

Alfredo González V.

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