Cartas de lectores

La audacia de los ilusos

Y esto se vuelve muy grave cuando un iluso llega a posiciones de mando, de poder: los efectos de sus acciones son devastadores.

Según la definición más común, un iluso es una persona que se deja engañar con facilidad. En lenguaje coloquial, un bobo. Por lo general, un iluso ostenta esa calidad comportacional producto de una educación familiar deficiente, complementada con muy pocas luces por una formación académica no muy bien aprovechada. Su forma de comportarse deja en evidencia su poca capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo en otro ser humano: se entrega sin límites a la voluntad o verborrea de otros, se deja convencer sin dilucidar sobre los argumentos que le presentan para convencerlo o empujarlo a actuar. Es una enfermedad muy particular: no afecta al que la padece sino a los que lo rodean. Y esto se vuelve muy grave cuando un iluso llega a posiciones de mando, de poder: los efectos de sus acciones son devastadores.

Sin embargo, al no ser consciente de su deficiencia, su escaso entendimiento natural lo inclina a creer que todo se ha hecho por su “inteligencia” y por ser superior a los demás, quienes han reconocido en él esas características extraordinarias. Es peor cuando se juntan a su alrededor una gran cantidad de vivarachos que lo adulan para hacer de las suyas aprovechándose de la indolencia propia de quien cree todo lo que le dicen. Tuvimos una década de un gobierno en el cual sus máximos exponentes, durante el llamado juicio del siglo, dejaron constancia de que fueron engañados, durante muchos años, por una de sus colaboradoras cercanas, que se hizo acreedora a la máxima confianza de esos actores: manejaba relaciones con contratistas (según los máximos dirigentes del gobierno en la época en que estaban en el poder), también hicieron nombramientos para gerenciar la más grande empresa del Estado, a personas que no conocían -según expresiones de un expresidente-, que finalmente resultaron inmersas en actos de corrupción. Los resultados de todo esto es que hubo actuaciones de corrupción de mucho calibre que se realizaron en sus narices y ellos no se dieron cuenta. Los resultados derivados demuestran a las claras que quienes actuaron desde el poder lo hicieron como verdaderos ilusos. Pero la audacia consiste en que luego de ser evidente que, según dicen ellos, se dejaron engañar, hoy pretenden poner candidatos a la presidencia. ¿Se puede confiar en quien, durante una década, se dejó engañar fácilmente, para que designe un candidato a que nos dirija? ¿No tendremos otro caso de equivocación propia de un iluso?

Ing. José M. Jalil Haas