
Crítica de Peaky Blinders: El hombre inmortal: ¿un cierre digno?
Lee la crítica de Peaky Blinders: El hombre inmortal, una mezcla de nostalgia, estética y un cierre que divide a los fans
Peaky Blinders se mantuvo, con gran nivel de sintonía, entre las series más descollantes del ahora famoso trío que enaltece a la televisión británica. ¿Las otras? Downton Abbey y Outlander (Forastera). Dada su gran popularidad, los productores concluyeron que era necesario crear una película que fuese el punto final de la historia que tiene como base la banda que realmente operó en Birmingham entre 1880 y 1910, aunque sus personajes son ficticios, al igual que los años en los que se desarrolla la trama.
El argumento
Mil novecientos cuarenta. Campo de concentración Sachsenhausen, ubicado en la población de Oranienburg, Alemania. El gobierno nazi, con la ayuda imprescindible de prisioneros judíos -artistas, tipógrafos y linotipistas-falsifica cientos de millones de libras esterlinas (una libra equivale a 4,03 dólares en aquel año).
Los jerarcas del nazismo urden un plan para enviarlas de contrabando a Gran Bretaña, último país de Europa occidental que aún resiste al fascismo. ¿La idea?
Saturar el sistema bancario, destruir la economía y asegurarse la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Días más tarde, la muerte, escondida en una bomba, destruye una fábrica de armas localizada en Birmingham, Inglaterra.
Algo lejos de allí vive Tommy Shelby (Cillian Murphy, Óscar 2023 por Oppenheimer), quien se ve ineludiblemente forzado a concluir su exilio voluntario para salvar a su familia, a su cuñada (Rebecca Ferguson) y, especialmente, a su hijo Duke (Barry Keoghan, nominado al Óscar secundario en 2022 por Los espíritus de la isla).
La crítica de Jorge Suárez
Ahora tenemos el filme (y la serie) en Netflix, dispuesto a mantener su jerarquía. Dirigida por Tom Harper, con guion de Steven Knight, una cinematografía perfectamente lograda por George Steel y el montaje de Mark Eckersley, la cinta resplandece aunque no alcanza su fuerza original.
Llega con el sabor de la nostalgia, conserva su estética oscura, resulta visualmente poderosa y emocionalmente cumple su misión: cerrar una historia, aunque no se convertirá en un clásico. Un crítico (no recuerdo su nombre) escribió: “Si la serie fue un whisky irlandés añejado lentamente, la película es un trago rápido del mismo barril. Reconocerá el sabor, pero echará de menos el ceremonial”.
Y tiene razón. Mientras la serie mantiene su vehemencia, su pasión y sus toques sobrenaturales, el largometraje los menciona, pero no los profundiza. Sin embargo, hay tres secuencias memorables: el bombardeo a la factoría y la muerte de todo su personal, la pelea en el pub y, sobre todo, los encuentros del conspirador inglés (Tim Roth) con Duke Shelby (Keoghan). Allí está la esencia del filme.
Hacen falta más referencias a la gitanería y (pensé que nunca lo escribiría) a la fría violencia de su origen, así como a la pasión desbordante de personajes para quienes el dinero lo es todo.
Aun así, la apertura resulta digna de elogio: el manejo de los tipos móviles al inicio de la cinta, con una variante de cursiva elegante de estilo vintage, evoca la estética industrial de la época y la dureza de sus protagonistas.
Las actuaciones llegan bien construidas. Murphy, como siempre, se muestra aplomado, cáustico y orgulloso. Ferguson encarna a una auténtica romaní: ardiente, eficaz y luchadora, aunque oculta sus temores. Roth, como el traidor, atraviesa un gran momento actoral y dota a su personaje de cinismo, crueldad e impavidez, logrando una caracterización sólida.
La dirección artística es descollante, sobre todo en las calles bombardeadas, donde los sacos de arena se apilan como escudos que intentan proteger la vida.
- CALIFICACIÓN: ***
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