Una mirada profunda al templo y el espíritu de los masones en Ecuador
Símbolos, mandiles, retratos y más forman parte de una noche en la que los masones de Guayaquil se reunieron. Las redes sociales son parte de su expansión

El abogado Héctor Vanegas recorriendo el interior del Palacio Masónico, ubicado en Guayaquil.
Lo que debes saber
- Héctor Vanegas y Cortázar revela los secretos y el auge actual de la masonería ecuatoriana.
- La masonería en Ecuador creció de 220 a más de 1.600 miembros impulsada por redes sociales.
- Un recorrido exclusivo por el Palacio Masónico muestra los rituales y la vida de sus logias.
Es un atardecer cálido del primer día de septiembre en Guayaquil. El sol tiñe de rojo el cielo que se aprecia en uno de los últimos pisos del edificio La Previsora. Mientras, Héctor Vanegas y Cortázar se prepara para hablar de una organización que durante siglos ha estado rodeada de misterio. Tiene 61 años y lleva 26 como masón. Su traje azul a rayas está impecable. Solo le falta un elemento que, para él, parece inseparable de su identidad. “Espéreme, sin mi sombrero, no soy yo”, dice entre risas.
Antes de comenzar la entrevista ordena algunos objetos, revisa su atuendo y busca algo dentro de un impecable maletín. En su oficina, un atril dorado cargado de símbolos masónicos en alto relieve sostiene su laptop y una taza de café. El espacio es pequeño, pero la vista compensa cualquier estrechez: frente a las ventanas, Guayaquil se enciende poco a poco con los últimos reflejos del día.
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Entonces saca otro objeto. Del maletín extrae uno de los elementos que más aprecia de sus tres periodos como gran maestro de la masonería: su mandil. El que lleva esa tarde es azul, con detalles dorados y un sol en el centro. “Tómeme la foto con mi mandil, es mi identidad como masón”, pide, esta vez sin bromear.
El despacho parece contar su historia antes de que él la pronuncie. Hay espadas, martillos, escuadras, compases, figuras de caballeros templarios, calaveras, bustos y personajes históricos. También están Simón Bolívar, José de San Martín, El Mio Cid y una representación de la mesa redonda del rey Arturo. En las paredes cuelgan sus títulos y reconocimientos acumulados durante décadas.

El Palacio Masónico está en Calixto Romero y Francisco de Paula Lavayen, en Guayaquil.
El legado liberal de Eloy Alfaro en la masonería
Entre tantos objetos, uno se repite: Eloy Alfaro. El Viejo Luchador aparece en distintos rincones de la oficina, pero un enorme busto color bronce sobresale desde una esquina y observa el despacho desde lo alto. Para Vanegas, Alfaro representa parte de la tradición liberal con la que relaciona a la masonería ecuatoriana.
Habla de él con convicción y enlaza su figura con transformaciones del país, especialmente con la construcción de un Estado laico y las reformas impulsadas durante el liberalismo. En su relato, Alfaro no es solamente un personaje histórico. Es también una referencia permanente dentro de la masonería.
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El Gran Arquitecto y la apertura digital de la masonería ecuatoriana
Los objetos de la oficina abren la puerta a recuerdos más personales. El busto grande de Alfaro, cuenta, fue un regalo. La mesa redonda del rey Arturo la compró en Roma. Entre esa colección singular también aparece un curioso gallo de Barcelona, su querido club.
Vanegas sonríe mientras recuerda el origen de algunas piezas. Pero la conversación regresa pronto a una idea que repite con firmeza: “Si está buscando un roce social, esa no es la masonería”.
También insiste en la dimensión espiritual de la fraternidad. Los miembros pueden profesar religiones distintas, explica, pero deben compartir una creencia en un Ser Superior, al que llaman Gran Arquitecto del Universo. Dentro de los templos, sostiene, política y religión tienen prohibido convertirse en temas de discusión.
Captación en redes sociales y crecimiento de miembros
Pero hay algo que ha cambiado. Durante mucho tiempo, la masonería estuvo asociada al silencio y al hermetismo. Vanegas, en cambio, ha decidido utilizar las mismas herramientas que utiliza el resto del mundo para comunicarse: las redes sociales.
Ha invitado a través de TikTok e Instagram a hombres interesados en acercarse a la organización. “No podemos estar ajenos al progreso”, sostiene. Pero inmediatamente coloca un límite: “Una cosa es invitar y otra cosa es permitir que ingresen”.
Según sus propias cifras, desde 2020 la masonería ecuatoriana atraviesa lo que él llama un despertar. Asegura que entonces había unos 220 miembros y que ahora son más de 1.600. Habla también de un crecimiento de las logias y de los templos.
La entrevista termina cuando el cielo porteño ya ha perdido el rojo. Pero la noche apenas comienza.
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Dentro del “Palacio Masónico” en Guayaquil
Es martes, el día en que se reúne la logia de Vanegas. Él toma su bastón y, como quien todavía tiene algo que mostrar, propone a este equipo avanzar unas cuadras hasta Calixto Romero y Francisco de Paula Lavayen. Allí está el lugar que llama, simplemente, el “Palacio Masónico”.
Son las 18:37. Desde afuera, el edificio luce impecable. Blanco mate, iluminado en medio de la noche, tiene una arquitectura que recuerda a los antiguos templos griegos.
Adentro, un largo pasillo conduce hacia distintas oficinas. En una de ellas predomina el azul: sillones, alfombras, puertas, banderas y hasta un vitral que incorpora símbolos masónicos al escudo del Ecuador.
Al final del corredor hay una puerta. “Entren, conozcan a mis hermanos”, dice Vanegas. Dentro, cerca de una decena de hombres comparte una merienda. Hay alimentos fritos sobre la mesa y una conversación que parece suspendida apenas por unos segundos. Al ver los invitados, todos se levantan. “Pasen, por favor, son bienvenidos”, dice uno de ellos al estrechar su mano con una sonrisa.

Eloy Alfaro es uno de los referentes masónicos en Ecuador.
Simbología y reliquias de la Gran Maestría
No hay solemnidad en ese primer encuentro. Hay anécdotas, bromas y camaradería. Vanegas improvisa entonces un recorrido. En las paredes aparecen retratos de quienes han ocupado la Gran Maestría de la masonería ecuatoriana. En otra, los rostros de presidentes del país.
Hay esculturas, bustos y objetos históricos. Entre ellos, una réplica del mandil que, según cuentan dentro de la institución, perteneció a Simón Bolívar.
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Cada habitación vuelve sobre los mismos símbolos que estaban en el despacho de Vanegas. Solo que aquí adquieren otra dimensión.
Un piso arriba conduce hacia un curioso “vestidor masón”, destinado a la preparación de ropa con sus túnicas, mandiles y trajes que se utilizan en distintas ceremonias. Y más adentro está el salón masón: un lugar azul, con un largo piso en cuadrículas blancas y negras, cual tablero de ajedrez.
Cada asiento lleva la escuadra y el compás. Sobre el techo, un cielo pintado con nubes parece impedir que la noche entre por completo.
Tres palabras destacan en los escalones que conducen hasta el lugar reservado para el Gran Maestro: “Belleza, Fuerza y Sabiduría”. “Vengan, conozcan el de más arriba”, invita Vanegas. Es el tercer piso. La escena se repite con una diferencia contundente: el rojo domina todo. Paredes, detalles y elementos del templo parecen replicar el espacio anterior bajo otra tonalidad. “Vea, así de bonitos son nuestros templos” dice, orgulloso.

Una de las oficinas interiores del Palacio Masónico.
¿Qué hacen los masones en sus reuniones a puerta cerrada?
Mientras el recorrido termina, los miembros continúan conversando. Uno de ellos es Jaime Andrés Veintimilla, ingeniero en comercio exterior de 36 años. Llegó en 2021 después de ver una convocatoria de Vanegas en Instagram. Para él, aquello fue algo más que una publicación: “Fue un llamado”.
Habla de sus compañeros como hermanos. Sus esposas, explica, son sus cuñadas; sus hijos, sus sobrinos. Resume aquello como una “hermandad filosófica”.
A pocos metros está René Bautista. Tiene 43 años, es dominicano y lleva siete años como masón. Vive en Ecuador desde hace 14 y actualmente ocupa la dignidad de ‘venerable maestro’. Para él, la masonería también representa un antes y un después: “Te pule y saca cosas que tienes guardadas”. Habla de intelectualidad, conocimiento y evolución. Afirma que es “un despertar”.
Entonces ¿qué mismo ocurre cuando aquellos hombres se reúnen a puerta cerrada? Bautista piensa un par de segundos y revela: “Casi siempre se habla de la orden masónica, temas esotéricos, espirituales y asuntos que tienen que ver con nuestras agendas”. Pero hay algo que quiere aclarar: “Somos seres humanos, como todos”.
La merienda termina. Los hombres comienzan a prepararse para lo que viene. Están por alistarse para su ‘tenida’, como llaman a la sesión oficial que realizan dentro del templo.