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El oficio se ha transmitido de generación en generación y forma parte de la vida cotidiana de la localidad.Cortesía

San Antonio de Ibarra: arte, tradición y sabores en un Pueblo Mágico

A pocos minutos de Ibarra, la localidad ofrece un recorrido entre artesanos, sabores ancestrales y patrimonio vivo

En San Antonio de Ibarra, el sonido de las gubias sobre la madera acompaña el transcurso del día. En los talleres abiertos, alineados a lo largo de sus calles, los artesanos trabajan sobre bloques de nogal o cedro, marcando líneas que anticipan la forma final. El proceso empieza con un boceto en papel, continúa con el desbaste del tronco y avanza hacia un tallado minucioso que exige precisión y tiempo. Luego vienen el lijado y los acabados: capas de pintura, policromía, pan de oro o encarnado que dan realismo a las piezas, especialmente a las imágenes religiosas que han caracterizado a esta parroquia imbabureña.

Cada figura cuenta una historia que no solo está en la madera, sino también en las manos que la trabajan. El oficio se ha transmitido de generación en generación y forma parte de la vida cotidiana de la localidad, como explica Panchito Garrido, artesano y exdirigente de la Asociación de Artesanos. “Aprendimos el tallado de nuestros padres y abuelos. Lo llevamos en la sangre, es nuestra identidad”, cuenta.

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Ubicada a 5,5 kilómetros de Ibarra, al pie del volcán Imbabura, la parroquia se ha consolidado como un referente artesanal. Su historia está ligada a un momento específico: el terremoto de 1868, tras el cual maestros restauradores introdujeron técnicas andaluzas y quiteñas para reconstruir la localidad y rescatarla del estropicio provocado por el sismo.

Desde finales del siglo diecinueve, la labor se formalizó de la mano de figuras como Daniel Reyes, quienes impulsaron la formación de nuevos artistas, estableciendo una escuela que permanece activa hasta hoy. A partir de ese legado, San Antonio fue construyendo su identidad como la “Capital del Tallado en Madera”. En 2020, ese reconocimiento se elevó a escala nacional, cuando la labor artesanal ingresó a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial del Ecuador.

Durante décadas, esta actividad fue el motor económico de la parroquia. Los talleres familiares se multiplicaron y las obras comenzaron a viajar fuera del país, llegando a museos, iglesias y colecciones en distintos continentes.

Hoy en día, aproximadamente 1.500 artesanos permanecen activos en la localidad. “Después de la dolarización, el tejido del pueblo fue cambiando, porque mucha gente se fue y los jóvenes apostaron por carreras mejor remuneradas. Sin embargo, nuestra batalla es seguir trabajando y enseñando a los más jóvenes para que continúen con este hermoso legado”, indica Garrido.

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En los talleres, galerías y almacenes se puede observar de cerca el proceso creativo y adquirir imágenes.Cortesía

La llegada de la Semana Santa marca uno de los momentos más importantes para la labor de los talladores. En esos días, la parroquia se transforma en una “vitrina abierta”, como la describe Héctor Chuquín, presidente del GAD Parroquial.

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Y es que, durante esta temporada, cientos de visitantes llegan hasta San Antonio de Ibarra para recorrer los talleres, galerías y almacenes, observar de cerca el proceso creativo y adquirir imágenes de Jesús, la Virgen María y los santos, cuyos precios pueden ir desde los 50 hasta los 3.000 dólares, según su tamaño y nivel de detalle. 

Un pueblo lleno de tradiciones

En 2020, San Antonio de Ibarra fue designado como Pueblo Mágico del Ecuador, una categoría impulsada por el Ministerio de Turismo que reconoce a localidades con alto valor cultural, histórico y natural, y con potencial para el desarrollo turístico. Este programa, que agrupa a una veintena de destinos en el país, busca fortalecer la identidad local y dinamizar la economía a partir de sus tradiciones. En el caso de San Antonio, la declaratoria respondió a su legado artesanal, la continuidad de sus saberes y su consolidación como un espacio donde el arte forma parte de la vida cotidiana.

Dentro de ese entramado cultural, la iglesia de la localidad ocupa un espacio central. Considerada uno de los tesoros emblemáticos de Imbabura, su origen se remonta a 1567, cuando fue levantada por la orden franciscana. Aquella estructura inicial, construida en adobe y con cubierta de paja, fue destruida por el terremoto de 1868. La edificación actual empezó a levantarse a partir de 1930 y, desde entonces, se ha convertido en un punto de encuentro para la comunidad y en un espacio donde también se evidencia la tradición escultórica local, presente en varias de sus imágenes religiosas.

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El origen de la iglesia de la localidad se remonta a 1567. Fue reconstruida en 1930.Cortesía

A ello se suman sus festividades, como el Arrastre de la Chamiza (o quema de las ramas secas) que se realiza cada año en honor a San Antonio de Padua. La celebración reúne a bandas de pueblo, coplas, zapateo y danzas folclóricas.

El recorrido cultural no falta

En paralelo al trabajo artesanal, la localidad también cuenta con espacios para encontrarse con el arte desde otros lenguajes. El Centro Cultural Daniel Reyes, que funciona en la antigua vivienda del artista, es uno de esos puntos. Ahí conviven talleres, exposiciones y actividades que mantienen viva la memoria de quien impulsó la enseñanza del tallado, mientras se da paso a nuevas propuestas creativas.

A pocos pasos, se encuentra el Espacio Cultural San Antonio, que propone un encuentro permanente con la literatura. Ahí se organizan presentaciones, recitales, charlas y laboratorios editoriales, además de un sistema de préstamo e intercambio de textos.

Los sabores dulces

La experiencia en San Antonio de Ibarra también se construye desde la cocina. Y aunque comparte con el resto de Imbabura platos típicos como la fritada y la carne colorada, entre sus sabores más representativos están las llamadas “cosas secas”, un conjunto de dulces tradicionales que incluyen rosquetes, mojicones, panuchas y suspiros. Su elaboración combina ingredientes como harina de trigo, maíz, huevos, manteca y azúcar, y responde a recetas que se han transmitido dentro de las familias.

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Rosquetes, mojicones, panuchas y suspiros son alguno de los dulces típicos de la localidad.Cortesía

“Al igual que el tallado, la preparación de los dulces también es un legado familiar, pero de las mujeres. Yo, al igual que muchas, aprendí de mi mamá y de mi abuelita, pero quien empezó la tradición fue mi bisabuela, que elaboraba dulces para la fiesta del Corpus Christi”, señala Patricia Narváez. Con el paso de los años, añade, la preparación dejó de ser estacional y se convirtió en una producción constante, disponible para quienes recorren la parroquia cualquier día de la semana.

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A estos dulces se suman otros platos como las humitas, el dulce de sambo y las tortillas de tiesto, que forman parte de la oferta gastronómica local.

El sonido del metal

Una de las curiosidades de la localidad es que, además de su tradición artesanal, se ha convertido, con los años, en un punto de encuentro para la escena del rock y el metal en el norte del país. 

Sus espacios, tanto públicos como alternativos, han acogido conciertos y festivales que convocan a seguidores de toda la Sierra norte.

MÚSICA METAL
En San Antonio de Ibarra, agrupaciones de rock y metal se presentan año a año, entre ellos la argentina Tren Loco.Cortesía

En estos escenarios no solo se presentan bandas nacionales, sino también agrupaciones internacionales que, en 2025, incluyeron en sus giras a la española Obús y a la colombiana Akash. Este año, en julio, está previsto que llegue la emblemática banda de heavy metal Lujuria, sumando así otra capa a la vida cultural de San Antonio de Ibarra.

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