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James Le Compte, un amor con sabor a chocolate

Es el CEO de To’Ak, la marca de chocolate ecuatoriana más fina del mundo.El chocolate también le endulzó el corazón y su amor por una cuencana hizo que acentúe sus raíces en el país.

James Le Compte
Rita y James junto a sus hijos Celeste (8) y Hugo (1)Gerardo Menoscal//EXPRESO

La realidad siempre será mejor que la ficción y la historia de James Le Compte y su esposa Rita Ordóñez hasta podría haber salido de los textos de Laura Esquivel. Esta tiene sabor a chocolate, olor a tierra húmeda e ingredientes de muchas partes del mundo. Su amor es global.

Él siempre fue fan del chocolate. En su natal Sidney, Australia, su juego favorito era buscar los bombones que su mamá escondía por la casa. Por su parte, Rita, creció en una familia de productores de cacao. Años después él es la cabeza de To’ak, la marca ecuatoriana de chocolates más cara del mundo, que fue fundada por Jerry Toth y Carl Scheweizer en 2007.

James es un hombre que creció en Oceanía y que decidió recorrer América durante sus años universitarios iniciando por Ecuador. En el 2004 estaba en Estados Unidos viendo un concierto del Festival de Jazz de Nueva Orleans y allí conoció a Rita Ordóñez Andrade, cuencana. Ambos empezaban la veintena de edad y fue un flechazo para ambos. “Nos conocimos menos de 24 horas en esa ocasión y dos semanas después nos encontramos por casualidad en el aeropuerto de las Bahamas. Ella venía a vacacionar por su cumpleaños y yo estaba ahí por turismo, conociendo el país donde nació mi mamá”, explicó. Él partía a Cuba, ella llegaba de paseo. “Fue tal la sorpresa de verla, y lo qué me había gustado en aquella ocasión, que la invité a venir conmigo. Le dije que los pasajes serían mi regalo de cumpleaños. Ella aceptó aún sin conocerme bien. Estuvimos cuatro días juntos. Y es que sin que ella sepa yo me enamoré en Nueva Orleans. Esa noche yo pensé ‘wow, ella es especial, diferente. Tengo que conocerla’.

Y así se dio. Luego empezaron una relación a distancia, por casi dos años. “Fue algo muy difícil. No te lo recomiendo”, bromeó, James. Tras algún tiempo separados luego vivieron por casi 9 años en Sidney, hasta que por motivos de un nuevo empleo de James, que tenía que ver con la asesoría a micro agricultores, hicieron base en Camboya y Shangay. “Nos impresionó mucho Camboya por ser tan humildes. Tienen una historia bastante triste y pocos elementos materiales, pese a eso, creo, son de las personas más felices del mundo. Fue una lección”.

Las raíces siempre llaman, la sangre también. Y Rita siempre quiso estar de vuelta en Ecuador y estar cerca de sus padres. A James no le desagradaba la idea porque se enamoró de este país en cada ocasión que venían de vacaciones, y conocía el trabajo de la hacienda de sus suegros.

Pero el quería venir con empleo y así fue como contactó a Jerry y Carl de To’ak vía Internet, quienes le explicaron el trabajo conservacionista que hacían al salvar al histórico cacao nacional y la producción del chocolate a cargo de pequeños productores. Esto fue en 2014, y tras trabajar dos años en conjunto, haciendo conexiones comerciales en Asia, llegó la oportunidad de mudarse por fin. Pasó el tiempo y este intercambio, como lo llama James, porque no cobraba más que la enseñanza de cómo se cultiva el cacao, se transformó en total confianza. Jerry quería regresar a su campo de acción: el proceso de conservación en la costa con la fundación Third Millennium Alliance en la reserva ecológica Jama-Coaque. Así que le ofrecieron el puesto de CEO de la compañía pero sin sueldo. “Con familia no era viable pero tomé el reto. Yo les dije que si conseguía inversionistas y levantábamos fondos tendríamos para mi salario. Los encontramos y convencí a Rita de poner todos nuestros ahorros en la empresa. Así nos vinimos a Ecuador”.

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James posa junto a una de las barras de To'akGerardo Menoscal//EXPRESO

James se emociona a contar esta historia porque siente que ha vivido grandes coincidencias. Además que su esposa también consiguió un trabajo como jefa departamental de arte en un colegio de la capital. Un puesto acorde a lo que buscaba. Así fue como desde el 2017 viven en Quito. Comiendo chocolate todos los días y uniendo dos culturas por amor. “Sin riesgos no hay oportunidades, no me arrepiento de las que tomé”, dijo seguro.

También es un soñador. El suyo es que el cacao y el chocolate se eleven en categoría y deje de ser considerado solo una golosina. To’ak quiere que este producto alcance el nivel de los vinos y whiskies más finos del mundo. “Nuestro reto es pensar diferente y verlo como algo valioso, complejo y con mucha historia. Tenemos un producto de calidad y dentro de 20 o 30 años, se pensará en el chocolate de Ecuador como si fuera el mejor de los vinos”.

Sobre To’ak

La marca tiene la historia del verdadero cacao ecuatoriano. Rescata una especie (conocida como Nacional) que se creía extinta desde 1916 tras azotar la enfermedad Escoba de bruja. Tras varias investigaciones y el impulso de un banco genético, estos árboles dieron frutos desde el tercer año. Sus barras de chocolate puedes costar desde $280 hasta $685. Cada una con una propuesta diferente, incluso hay una de colección llamada ‘Art series Guayasamín’, que incluye litografías de la fundación del pintor. También tiene chocolate en polvo. Su página web (www.toakchocolate.com) es su única vitrina para la venta.