Santa Teresa de Calcuta

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Santa Teresa de Calcuta

Movidos unos por el amor, y otros por la gratitud y la fe, más de cien mil peregrinos compartieron la canonización de Madre Teresa de Calcuta el domingo pasado, en una ceremonia oficiada por el papa Francisco. Los testimonios son incontables, los conocemos a través de lo que narra la prensa internacional, lo que dicen quienes la conocieron, las personas que trabajaron con ella y las que siguen sus pasos convencidas de que no hay poder más fuerte que el emanado del corazón desinteresado del ser humano. Los testimonios de quienes llegaban a la canonización dieron el ambiente cálido, sencillo y humilde que caracterizó a su obra, la cual empezó en Calcuta hace más de medio siglo, y que enseñó a una comunidad cómo cada ser humano puede ser ese instrumento de Dios en la tierra y darle un poco de alivio a quienes estando en una etapa terminal, se encuentran abandonados y desesperanzados.

Una santa del mundo de hoy, viviendo los bemoles de la sociedad actual, querida y reconocida por muchos. Pero, como todo humano que sobresale por sus actos de bondad y piedad, o porque simplemente cree en hacer el bien porque así es como debe ser, no estuvo ajena a las críticas previas a su canonización. ¿Cuáles?, podría usted preguntarse. De quienes dicen que quería convertir al cristianismo a quienes ayudaba. Me pregunto si esta conversión -de ser el caso- ¿no sería una conversión del alma producto de vivir un testimonio de amor? Que no eran los cuidados adecuados para personas desahuciadas, se dijo, mas había un cuidado y atención que otros no los dieron. Que se visibilizó la imagen de una Calcuta empobrecida, y me pregunto ¿no es acaso la realidad de todos los países en proceso de desarrollo?

Lo indiscutible es que esta canonización reconoció la humildad como un estilo de vida, la calidez, la bondad del corazón y quizás lo que siempre nos pidió Jesús a todos a través de los tiempos: el servicio desinteresado al prójimo que permite a los demás tener la fuerza para curar heridas, limpiar llagas, atender al abandonado, tal como lo hacen las hermanas que pertenecen a su orden.

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