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Pais bananero y floral

No recuerdo exactamente la frase que contiene el viejo proverbio chino que oí en mi lejana juventud, cuando de comprar víveres para nuestra alimentación se trataba. La sapiencia oriental milenaria señala que en la adquisición de nuestro “pan de cada día” debe considerarse también el destinar una parte del dinero utilizado en tal fin para comprar flores, las cuales deben adornar la mesa donde diariamente compartimos el almuerzo y la cena. Es decir, no solo darle gusto al estómago, sino también a la sensibilidad de cada cual, y con la belleza que ofrecen los órganos sexuales de las plantas completar la necesidad de aplacar nuestro apetito. “No solo de pan vive el hombre”, dice otra frase también de viejísimo cuño.

Y esta necesidad que tiene el ser humano de alimentar no solo el cuerpo, saciando el hambre y la sed, sino además su espíritu con la presencia de lo bello, que apacigua y emociona, hace que las flores hayan pasado a constituirse también en un producto reclamado en los mercados internacionales. Y por ello el Ecuador se ha convertido en un importante exportador de rosas, dalias, geranios, etc., que son, junto con el banano, el cacao y los camarones, los filones que fortalecen nuestra economía.

La prensa nos ha informado, como el mejor ejemplo para lo que acabamos de afirmar, que la venta de rosas ecuatorianas se impulsa ahora con más variedades e innovación gracias a la responsable preocupación de nuestros floricultores, lo que está permitiendo ofrecer nuevas variedades a nuestros clientes en todo el planeta. Y se calcula que de esta manera se incrementará el nivel exportador en este rubro.

Valga la oportunidad para recordar un episodio -no sé si real o ficticio- que leí alguna vez en un diario o revista. Se trata de que en nuestro tradicional cementerio al ver un guayaco que unos personajes orientales colocaban ante la tumba de sus muertos unas porciones de arroz, se les acercó y con gran curiosidad les preguntó: “¿Y cuándo creen ustedes que sus muertos regresarán del más allá para comerse estos granos que ustedes les dejan?”. Uno de los aludidos respondió: “Pues, cuando sus muertos regresen a oler las coronas de flores que ustedes les ponen”.