El mercado informal de la Metrovia

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El mercado informal de la Metrovia

En la tarde, mientras dura el sol, es el momento en que se observa a más vendedores informales en los buses articulados, comercializando bebidas frías.

Bebidas. Como Cheo, hay decenas de jóvenes que aprovechan el clima de Guayaquil para vender agua.

La plaza del mercado es limitada. No hay pasillo por donde caminar sin tropezar con alguien. A pesar de eso, la multitud se aglomera siempre y para Gigi eso es más que suficiente. Tiene a quiénes ofrecer su producto.

Mientras se presenta a sus clientes, su lugar de trabajo hace un quiebre brusco y ella casi se cae. Es que ese escenario que eligió tiene ruedas y rutas que recorren parte de la ciudad. El lugar que ha escogido esta mujer es la metrovía. Un medio de transporte masivo en el que pese a estar prohibida la comercialización de productos, cada vez es más común la presencia de vendedores ambulantes.

Son las 19:00 del jueves y sus potenciales clientes van cansados y hostigados, retornando a casa desde el trabajo. Algunos van soñolientos, otros entretenidos con el celular. Gigi está segura de que no le queda mucho tiempo, y a pesar de que a su derecha lleva otra funda con botellas plásticas, con las que posiblemente obtendrá algo de dinero extra, sabe que algo más debe ofrecer. Entonces empieza a cantar.

“Pero no me acuerdo, no me acuerdo... y si no me acuerdo no pasó”, canta desafinada una popular canción de Thalía y Natti Natasha mientras mueve un poco sus escurridas caderas. Allí, más que el calor agobiante que envuelve a las 160 personas que están a su alrededor, lo que le preocupa a Gigi es terminar el día sin haber vendido todos los chitos (snacks) que guarda en una funda de plástico.

Ese medio de transporte masivo en los últimos tiempos se ha vuelto un mercado informal ambulante, en el que a diario se transportan 400.000 personas. Un mercado que nunca está desocupado y en el que por el pago de 30 centavos se puede ir de un lado a otro, sin necesidad de bajarse, de ser posible durante las 17 horas que opera el sistema a lo largo de los 342 kilómetros de extensión que incluye su recorrido.

Lo que hace Gigi y otras decenas de vendedores informales no se puede controlar. Así lo explica Leopoldo Falquez, gerente general del Sistema Integrado Metrovía.

Los comerciantes pagan su pasaje e ingresan al bus articulado como un pasajero más y una vez en marcha el vehículo, los vendedores de agua abren sus mochilas y sacan el producto; los carameleros hacen lo mismo con los dulces y lo que parece ser una pequeña maletita forrada, resulta ser un parlante de música que inmediatamente empieza a sonar. “Eso no lo podemos evitar. Y si detectamos al comerciante, le decimos que desocupe la unidad, pero es como jugar al gato y al ratón: salen por una parada y se suben por otra”.

Para Cheo, también informal, las unidades son esa feria donde sin mayor problema puede distribuir sus bebidas.

Pero dice que no lo hace “de maldad” o con el fin de romper las reglas. Solamente quiere un sitio donde trabajar y en el que, a diferencia de los colectivos urbanos, no tenga tanta competencia. Por eso todos los días se levanta a las seis de la mañana en el sector de la Balerio Estacio, donde reside junto a su esposa y tres hijas. Toma el bus de la línea 28, llega al centro a las 08:00, compra botellas de agua y bebidas energizantes y emprende la mayor de sus misiones: vender toda la mercancía fría mientras dure el sol.

Él no canta ni baila, únicamente oferta bebidas, y en vez de lidiar con mofas como lo hace Gigi, en la metro ve rostros preocupados de personas que se aferran a sus pertenencias como si fuera a robarles. “Cuando piensan que soy un ladrón me siento mal, pero... tengo una familia y debo seguir trabajando”, concluye.

Y es que no se sabe si entre los vendedores hay pillos que se sustraen los celulares y billeteras de los usuarios. Porque eso es lo que inquieta a la mayoría de personas que, según manifiestan, optaron por trasladarse en este medio inaugurado hace doce años, precisamente para no desplazarse en los buses urbanos donde los asaltantes, muchas veces bajo la etiqueta de ‘comerciantes’, los desvalijaban.

“A mí me robaron tantas veces los supuestos vendedores de chocolates, galletas y hasta de pastillas que se subían a los colectivos, que cuando supe que a la metrovía se accedía solo con una tarjeta recargable, no dudé en cambiarme. Por eso mi miedo. No quiero en este servicio ser víctima de la delincuencia de nuevo”, argumenta Lisa Álvarez, residente de Sauces.

Personajes como Gigi y Cheo, que se observan a diario en las 370 unidades operativas del sistema, ofrecen también hoy otro producto: los billetes venezolanos. Los bolívares son ofrecidos a cambio de 50 centavos de dólar, o lo que el comprador crea conveniente dar.

“Es que muchos de los vendedores son venezolanos”, comenta María José Avilés, usuaria. “Se observa a madres con sus hijos, o familias enteras venezolanas pidiendo una moneda”, coincide Francisco Ordóñez.

En los diferentes recorridos que hizo EXPRESO se constató que, efectivamente, la mayoría de los vendedores son de aquella nación que por la crisis económica que sufre han arribado a Ecuador en busca de empleo, como ya lo ha relatado anteriormente este Diario.

Y aunque los pasajeros aseguran estar siempre “prestos a ayudar, teniendo en cuenta su esfuerzo” (y no solo a los venezolanos, afirman), hay quienes están en desacuerdo con esta ‘tendencia’ de comercializar en ese medio, una situación que hace pocos años no se veía.

“Es bastante molestoso cuando se suben en masa. Te generan incertidumbre”, opina Efraín Vera.

Pero la venta informal no es la única que se ha tomado este transporte masivo. La mendicidad también se ha hecho presente. Un adulto mayor no vidente es muestra de aquello. De vez en cuando se lo encuentra en alguna de las unidades, con su cabello blanco, un bastón que le sirve de guía y una bolsa de las que se utilizan para recolectar el diezmo en las iglesias, pidiendo una colaboración y conmoviendo los corazones de los pasajeros. Como él, muchos viven sus días en la metrovía.

“Esto sucede por la crisis económica ”

Que la falta de liquidez en el país y la crisis venezolana que afecta a Ecuador son las causantes de que haya cada vez más personas vendiendo productos en la metrovía. Es el análisis de Leopoldo Falquez, gerente general de ese sistema de transporte masivo.

“Esta proliferación de vendedores en el interior de los buses causa un desorden permanente”, asegura, por lo cual se está reforzando el control de ingreso y de cámaras para evitar los robos.

“Si ellos se suben es porque la gente les compra. Es la ciudadanía la que se hace respetar y contribuir en respetar las normas”, recalca.

A pesar de las campañas de concienciación, el comercio en el interior de los buses articulados ha aumentado significativamente tan solo en los dos últimos meses. “Mientras no exista una mejor realidad económica, es difícil controlar esta situación”.